
Se piensa que vivimos en el Siglo de Oro de la neuropsicología. Que gozamos de una nueva Generación del 98 especializada en la mente humana. Y mientras esto ocurre, la tasa de suicidio en menores de 20 años ha aumentado un 18% esta última década, y hasta un 80% de las mujeres con TEA no son diagnosticadas hasta su mayoría de edad. ¿Es esto un síntoma de ineficacia, o la parte más primitiva de un exhaustivo proceso científico?
Es innegable que debemos un profundo agradecimiento a la ciencia por el auge que ha experimentado la psicología en los últimos años. Sin ir más lejos, 2024 fue un hito en la publicación masiva de papers científicos neuropsicológicos. Los trastornos mentales llevan siendo un tabú arraigado en nuestra sociedad durante mucho más tiempo del que gustaría reconocer, por lo que lo mínimo que merece la ciencia actual es un reconocimiento por romper con un molde tan tradicional.
Además, la percepción social no sólo ha evolucionado hacia la aceptación, sino que una salud mental sana empieza a ser un requisito medible y deseable en los aspectos sociales más esenciales. Poder explotar las habilidades psíquicas, mentales y críticas se ha vuelto una de las cualidades más codiciadas en un currículum, lo que refleja cómo la psicología ha conseguido labrarse un papel de importancia en la sociedad.
Sin embargo, aunque estos datos sugieren una batalla ganada, me gustaría señalar algunos bastiones que se resisten a nuestra contienda. La ciencia no deja de ser un negocio que ofrece un servicio de investigación a cambio de resultados. Y como cualquier negocio, las empresas buscan aquello cuyo rédito sea inmediato y fructífero. No obstante, sostener una investigación neuropsicológica rigurosa, asumiendo la compleja naturaleza del sistema nervioso, conlleva tiempo, costes y esfuerzo, en pos de unos resultados impredecibles y, a menudo, poco concretos, todo inconveniente para el sistema de financiación científico.
Y aunque esto no implica una escasez de producción, sí que pone en tela de juicio la calidad de esta, pues los grandes costes con beneficios abstractos no son llamativos para nadie. Esta indisposición se traduce en el uso de procedimientos simplistas o realizados bajo condiciones carentes de un control riguroso.
¿Y como consecuencia? Investigaciones que caen por su propio peso, teorías contradictorias, estudios imposibles de replicar y diagnósticos vacíos, todos procedentes de una metodología ajena a la precisión y el esmero. Y aunque pueda parecer una problemática menor, los trastornos mentales se siguen cobrando miles de vidas al año a las que la ciencia, bajo su ritmo actual, aún no ha logrado dar respuesta.
Si bien este Siglo de Oro presenta desafíos, no debemos olvidar el hito que supone haber rescatado a la mente del tabú y el silencio. Hemos convertido la psicología en una disciplina vibrante y prolífica; ahora, el reto es dotarla de una profundidad que no entienda de intereses comerciales, y así garantizar un futuro donde la ciencia no sea solo una industria de datos, sino un faro de soluciones reales para la sociedad.
Así pues, el debate está servido.