¿Una dictadura de los portavoces?

Los que nos movemos en el mundo del debate atendemos a cómo el discurso va tomando un papel en política cada vez más relevante. ¿Es esto positivo? Ignacio García Hernando, estudiante de Derecho y ADE y Vocal de la Junta Directiva de la SDUAM, sienta esta cuestión.
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Quienes seguimos con interés la política española asistimos a un momento muy particular: los líderes de todos los partidos son grandes portavoces. De hecho, si algo tienen todos en común -sea cual sea su ideología y el partido al que pertenezcan- es que tienen mucha más capacidad demostrada como comunicadores que experiencia en la gestión, currículum académico o trayectoria en diversos puestos de responsabilidad. Se trata -insisto- de una característica común a todos ellos. ¿Es casualidad? ¿Es lógico? ¿Es bueno que sea así?

No parece casual que, en un determinado momento histórico -de grandes cambios y tendencias sociales totalmente nuevas-, confluyan al frente de los partidos líderes de ese perfil. Está claro que los militantes o los simpatizantes prefieren y eligen a personas que comunican bien. Además, todos ellos han acreditado su gran nivel en muchos años de debates -alguno en debate universitario-, tertulias, presencia activa en medios de comunicación, redes sociales, etc. Son comunicadores formados, con una imagen reconocible y gran capacidad para llegar y convencer a quienes los escuchan. Como sabemos que alcanzar ese nivel como comunicador no es nada fácil, tenemos que concluir que esos líderes se han preparado duramente para ello y que, por eso mismo, su ascenso a los primeros puestos de los partidos no es una casualidad, sino una tendencia.

Para valorar la lógica en ese movimiento, desde el punto de vista político, debemos pensar en si responde a una necesidad real de la sociedad. Y creo que es fácil concluir que sí: la gente valora cada vez más a las personas que comunican bien. Es posible que se deba a que la televisión y las redes sociales han sustituido, de forma aplastante, a las demás fuentes de información. Pero no hay que frivolizar sobre esto ni pensar que es malo. Siempre se ha dicho que el pueblo es sabio y que sabe en quién se puede confiar. Lo que ocurre ahora es que, para valorar a un líder, primero hay que escucharle y entenderle y eso hoy requiere, por su parte, unas habilidades muy diferentes a las de antes, cuando solo se hablaba en mítines, en el parlamento o en largas entrevistas en los periódicos. El mundo ha cambiado y que los políticos se adapten a él es de una lógica aplastante: si no lo hacen, no existen. Simplemente.

Si no es casual y tiene su lógica, tenemos que terminar preguntándonos si que manden los mejores portavoces es bueno o malo. A priori, parecería que el requisito de la capacidad de comunicación les iguala a todos y, por tanto, es un sistema de selección de líderes tan bueno como cualquier otro. Además, se podría recordar que desde Atenas, muy pocos casos hay en la historia en que los que mandan se elijan por currículum y nadie ha acreditado que eso sea bueno. Sin embargo, la falta de experiencia en la gestión, el desconocimiento previo del funcionamiento de la maquinaria que se va a pilotar -nada menos que el Estado- o de la realidad social sobre la que se va a actuar, pueden suponer un inconveniente serio si esos líderes, cuando llegan a gobernantes piensan que es suficiente con saber explicarse y no es necesario estar preparado para tomar las mejores decisiones para el país. ¿Podemos concluir, entonces, que esta “dictadura de los portavoces” en que vivimos en absolutamente todos los partidos, entraña riesgos para la calidad de la política y del Gobierno? La polémica es clara, pero, para responderla, quizá debamos reformular la pregunta. ¿Está hoy la comunicación política sustituyendo a la política?

Así pues, el debate está servido.

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