
2026, pleno siglo XXI, las tecnologías en su mayor auge, pero, ¿y los humanos? ¿Hemos
evolucionado igual? Permitidme retrotraerme a unos cuantos años atrás, cuando el sustantivo “móvil” como algo tecnológico ni siquiera era pensable.
Por entonces los niños salían a la calle a jugar, se relacionaban y se divertían. Conocían
cara a cara a las personas y solo entre ellos sabían cual era el verdadero significado de la
diversión, y todo ello en el lugar donde las únicas preocupaciones que había eran que el
balón estuviera inflado y que las muñecas estuvieran bien peinadas.
Recuerdo una conversación con mi padre que empezó con una riña porque estuve todo el
día con el móvil. Esto derivó en su recuerdo al contarme sus hazañas de joven con sus
amigos. Las bicis, la pandilla, el fútbol… todo en un ambiente fuera de preocupación de que
te respondan a un mensaje o por el “me gusta” de una foto.
En antaño, con un “hola, ¿qué tal?” ya era más que suficiente, pero ahora no es que no lo sea,
sino que nos falta. Nos da pavor acercarnos a alguien, y no hablemos ya de hablar en público, porque eso es impensable.
Los jóvenes usamos las tecnologías y las redes sociales como caparazón, nos refugiamos
tras ellas para que la primera impresión hacia las personas en el momento de comunicarte
sea moldeable, es decir, tener el poder de la seguridad camuflado en todo lo contrario, la
inseguridad.
Gracias al debate no solo puedes aprender para debatir en un concurso, sino que te ofrece
habilidades sociales que hoy en día están casi perdidas. Por ello invito al lector a que
piense si realmente hemos sido los renovadores de las tecnologías o es que las tecnologías
nos han renovado a nosotros.
Así pues, el deba está servido.