Musulmanes y Occidente, ¿coexisten?

Pesé a la tradicional separación entre ambos, Sabrin Yermak Moumen, estudiante de Relaciones Internacionales, llega para desmontar las generaciones de separación.
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El Islam está de moda. En los medios, en las redes, en las calles y en los bares es habitual que sea tema de conversación (o controversia). Hoy, los acontecimientos políticos de un mundo globalizado hacen que no pasemos desapercibidos ante una religión que incluso llega a aterrar a los que, desafortunadamente, no la conocen. En estos debates cotidianos los musulmanes pueden llegar a tomar varios papeles diferentes, aunque en líneas generales cabría destacar que los dos conceptos más peligrosos y populares que tienden a ligarse con el Islam son terrorismo y opresión.

Existen razones suficientes como para preguntarnos qué sucede con aquellos que creen en Allah y Mahoma. ¿O acaso la guerra, el enfrentamiento, la inestabilidad política y la falta de derechos no son parte de su vida? Lo cierto es que sí, pero… ¿Son razones suficientes para identificar a los musulmanes con dos conceptos tan negativos? Afortunadamente, no todas las personas cometen ese error.

Podrá parecer que caemos en la generalización de los que piensan mal del Islam, sin embargo; de manera inconsciente esta relación ha calado en la sociedad. La experiencia confirma que cuando alguien no musulmán tiene la oportunidad de hablar con alguien que lo es, existen dos preguntas aseguradas a las que se habrá de responder: el significado de la yihad (relacionado con la idea de Islam y terrorismo) y los derechos de la mujer (relacionado con la idea de Islam y opresión). Esto se debe a la constante politización del Islam y al uso del término. El Islam ha pasado de relacionarse con aquellas personas que arrodilladas rezan cinco veces al día a identificarse con los pobres anticuados, en su mayoría residentes en países orientales, que legitiman por razón divina la falta de derechos; y que incluso, lucharían por imponerla. No somos eso. 

Desde que nací, toda mi educación ha girado en torno a dos culturas que desde luego considero hermanas. A lo largo de los años he sentido afinidad con dos mundos que parecían totalmente diferentes pero que no lo son tanto. Y todo ello, debido a la adaptación y a la compatibilidad de lo terrenal y lo espiritual. Aquello que dicen ser imposible. ¿Cómo se hace? Muy sencillo; aceptando que lo propio de un colectivo (como puede ser el musulmán) como de una sociedad (como la occidental) no es peor o mejor, sino diferente; y que por tener, tenemos muchas cosas en común.

En el momento en el que dejamos de agrupar a las personas en compartimentos estanco que actúan de una determinada manera y buscamos las similitudes que no vemos entre los que consideramos diferentes, comienza la coexistencia. La religión no deja de ser una forma de ver el mundo que cada uno ejecuta de manera libre y personal sin incumplir el pilar más importante: no hacer daño a los demás. Es cuando faltamos esa premisa que realmente tenemos un problema con nuestra confesión.  

A día de hoy es común la presencia musulmana en los países occidentales. Sus costumbres y tradiciones cada vez son más conocidas, aunque a veces son consideradas anticuadas para el país donde se desarrollan. La tendencia de unión entre iguales existe desde tiempos inmemoriales pero, sólo los que interactúan con el entorno que les rodea son críticos y encuentran las semejanzas que llevan a la coexistencia. Aquellos que se aíslan no sólo se pierden la oportunidad de conocer la cultura con la que conviven e integrarla a la suya propia, sino que pueden llegar a transformar la religión a la peor de las versiones. 

Que la coexistencia no es imposible y lo demuestran día a día los que no optan por la comodidad que proporciona lo conocido y se dan a conocer. Que la coexistencia se consigue respondiendo a las preguntas de quien nos relaciona (sin quererlo) con el terrorismo o la opresión porque no nos conoce. Que tendríamos que repetir que hacer la yihad significa esforzarse por ser mejor y explicar al resto en qué consisten nuestras creencias, no en inmolarse. Que no nos oprime una religión, que los que oprimen son los déspotas que gobiernan en su nombre. Que los derechos no son sólo cosa de Occidente, que nos parecemos tanto que el derecho consuetudinario (urf) y el bien común (almaslaha almursala) son fuentes del Islam desde el principio. Que las mujeres no son menos libres por taparse; que la libertad se pierde cuando esta decisión es impuesta, y por eso prohibir vestir una prenda como el velo también es faltar al derecho por el que se lucha. Que si hay que tomarse un tiempo para explicar que la poligamia sólo existía en tiempo de guerra y como método de protección hacia las mujeres que estaban solas y eran asaltadas por el enemigo, se explica. Que ponerse en el lugar de los demás es un pilar imprescindible para los musulmanes hasta el punto de estar un mes entero ayunando, ergo el que es musulmán, no hace daño. 

Por ello hay que explicar en los medios, escribir en las redes, gritar en las calles y brindar en los bares por los que encuentran similitudes y respetan diferencias para que la religión deje de ser una razón de enfrentamiento. 

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