¿Es la educación en valores en la escuela adoctrinamiento?

La educación integra, el papel del Estado y de la familia en la misma y la creación de espacios seguros de pensamiento, crecimiento y convivencia, a debate en este artículo firmado por Juanjo Arques, debatiente del Club de Debate de la Universidad de Alicante y educador scout. ¡Yo no me lo perdería!
Education concept. Students studying and brainstorming campus concept. Close up of students discussing their subject on books textbooks and writing to notebook. Seclective focus.

La RAE define “educación”, en su segunda acepción, como “crianza, enseñanza y doctrina que se da a los niños y jóvenes”. Visto de esta manera, uno podría pensar que la educación se remite únicamente a personas de determinada edad, con una visión impuesta por aquel que se encarga de la misma. Sin embargo, esta educación, al menos en las instituciones públicas (colegio, instituto, e incluso podríamos incluir la universidad), se basa únicamente en conocimientos académicos y científicos. Muchas veces he escuchado la siguiente frase: “En el colegio se aprende Matemáticas, Lengua, Biología…pero los valores se enseñan en casa”. Esta afirmación, disfrazada de sentido común, se apoya en el artículo 27.3 de la Constitución Española, que reza que «los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones”. Esta declaración, recogida dentro de los derechos fundamentales, es la manzana de la discordia entre los poderes públicos, las asociaciones de padres y los profesionales de la enseñanza.

¿Podemos buscar culpables? Uno no puede hablar de culpables cuando habla del mayor activo de un país: sus niños y niñas. Podemos hablar de unos padres desconfiados (y descontentos) con un sistema que tiene el poder de incorporar contenidos de carácter religioso o ideológico sin permiso de los padres (aunque estos contenidos sean normas éticas básicas); mientras que, en la otra cara de la moneda, el Estado teme cambiar demasiado un sistema que ya ha demostrado, al menos, que cumple su función. Sería una obra jurídica faraónica, un experimento que puede salir o muy bien o muy mal. Sin embargo, las incontables leyes educativas, habiendo prácticamente una por gobierno, son muestra de la importancia que le da a la política establecer su visión de la educación. Por otro lado, no existe un consenso académico entre los docentes sobre cuál es el método ideal sobre los que edificar un nuevo sistema educativo, además de que el tira y afloja entre padres y Estado impide que, ya de por sí, los docentes no puedan hacer bien su trabajo, lo que coarta la innovación y genera desafección y apatía dentro de la profesión.

Este conflicto hace que relevemos a un segundo plano a los que sufren las consecuencias de los parches puestos a la educación. No hablamos tan solo del abandono escolar, sino de los problemas de salud mental, que, hasta hace relativamente poco, apenas estaban visibilizados o tratados con la seriedad que merecen. Los niños, el activo más importante de un país, son víctimas de malas decisiones educativas por parte de sus adultos, fruto de conflictos políticos que no ponen el foco en una educación íntegra. Si a ello le sumas la posibilidad de que esa educación íntegra en valores no sea recibida en casa, tienes un cóctel para el desastre: imposibilitando la cohesión social a través de valores comunes invitas a la desafección de la sociedad, y de la desafección al conflicto.

Ahora bien, ¿existe solución a este problema? No creo tener la verdad absoluta, pero mi experiencia como educador dentro del mundo scout me ha llevado a las siguientes conclusiones: si bien es imposible (y contraproducente) sustituir tanto la educación formal como la educación en casa, los niños y jóvenes necesitan espacios seguros donde, no solo construyan su pensamiento a través de una educación en valores, sino construir relaciones sanas con personas de su edad donde compartan pensamientos, preocupaciones, donde su voz sea tomada en cuenta. Esto se llama educación no formal, y si bien se diferencia de la educación escolar clásica, pocas veces se tiene en cuenta cuando se habla de educación en sentido estricto, ignorando estos espacios que pueden ser tan importantes como las aulas o las casas. Y sí, soy de los que piensa que esta educación en valores debería darse en las escuelas, pero también entiendo el recelo de los padres a la intervención estatal en el pensamiento de sus hijos. 

La educación en valores no debería reducirse a una asignatura o a actividades extraescolares, ni siquiera ser reducido a la vida doméstica: debería ser un compromiso de la sociedad, entre familias, Estado y profesionales, en definitiva, es trabajo de los adultos. Creo que, si los adultos somos capaces de alcanzar un compromiso para educar a los niños y niñas en valores cívicos básicos, este país cambia en menos de una generación. 

Pero, como siempre, el debate está servido.

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