Transgenia y edición genética: usos, retos y desinformación

La evolución de las tecnologías genéticas vegetales, desde las técnicas tradicionales hasta la transgenia y la edición genética, son analizadas en ElDebatiente por Francisco Javier Ruiz Albert, profesor titular de Genética de la Universidad de Málaga, sin olvidar el rechazo social, la desinformación, la relación ciencia-sociedad y el equilibrio entre avances y seguridad. ¡Imperdible!
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La mejora genética vegetal ha sido aplicada por el hombre durante siglos. La mayoría de los cultivos y productos vegetales a los que estamos acostumbrados no son variedades silvestres, son el resultado de la mejora genética llevada a cabo por el hombre durante milenios: las variedades silvestres de cultivos tan familiares como por ejemplo el tomate, la berenjena, el pimiento o la patata, son considerablemente tóxicas; sin llegar a ese extremo, las variedades no mejoradas de trigo o maíz producen un rendimiento extremadamente bajo, y grano más pequeño. Todas ellas, y muchas más, han sido mejoradas hasta llegar a convertirse en lo que ahora conocemos. La mejora genética clásica se basa en variabilidad natural existente en la población de cualquier organismo vivo, sean plantas, animales, o personas: como todos sabemos, no todos los individuos de una especie son exactamente iguales. Esta variabilidad se genera naturalmente por mutación a lo largo de la evolución de las poblaciones. La mejora clásica aprovecha esta variabilidad genética, en nuestro caso de una determinada especie de plantas, para realizar cruces entre individuos que tengan características interesantes y seleccionar entre su descendencia a los que muestren las mejores cualidades. Es decir, obteniendo variedades mejoradas con, por ejemplo, mayor producción de semillas o frutos más nutritivos, sabrosos o aromáticos, plantas más resistentes a sequía o plagas, etc. La mejora genética clásica es una tecnología desarrollada por el ser humano, pero es percibida por la sociedad como un proceso natural.

La mejora genética clásica es sin duda eficiente, si bien es lenta y laboriosa. Estas limitaciones se han superado en parte con avances técnicos como la mejora asistida por marcadores moleculares. Pero para lo que nos ocupa, su característica definitoria es que solo puede aprovechar las variantes de genes ya disponibles en los distintos individuos de la especie de planta que se pretende mejorar, obteniendo nuevas combinaciones de genes preexistentes mediante cruces. Pero no permite introducir genes nuevos, lo que puede limitar la consecución de ciertas mejoras o avances. Esta potencial limitación nos lleva a la técnica de la transgenia que permite la generación de lo que se denominan organismos genéticamente modificados (OGM), en este caso las plantas transgénicas

La transgenia es una tecnología mucho más moderna, desarrollada a principios de los años 80 del siglo pasado y luego perfeccionada, que permite introducir en la planta de forma permanente uno o más genes que le confieran la característica deseada. Y estos genes pueden provenir de cualquier otro organismo, bien otra planta de la misma especie, de una planta de una especie diferente, o de otro organismo que no sea una planta, como por ejemplo un animal o una bacteria. De ahí el prefijo trans (más allá) en el nombre de la técnica. El código genético es universal, lo que permite que una planta pueda interpretar las instrucciones de un gen proveniente de otro organismo, o viceversa. La transgenia es relativamente rápida, y sobre todo ofrece gran flexibilidad, porque nos permite recurrir a muchísimos genes de interés, de muchos organismos distintos, que pueden proporcionar múltiples oportunidades de mejora: esto nos ofrece una gran ventaja, con beneficios potenciales para la sociedad. Pero es precisamente este concepto rompedor lo que ha disparado miedos frente a esta tecnología, y provocado un rechazo social en parte de la población, en parte consecuencia de una pobre comunicación entre los científicos y la sociedad, comunicación que ha sido mal gestionada por parte de los medios, y que en ocasiones ha sido manipulada con campañas de desinformación por parte de intereses particulares.

Vayamos a los inicios del uso comercial de plantas transgénicas, para ilustrar este punto. En 1994, después de su revisión por parte de prestigiosas agencias reguladores como la FDA (Food and Drug Administration) o el ministerio de salud de Canadá, se comercializó el tomate Flavr Savr desarrollado para que madurara más lentamente, con la intención de alargar su duración después de su cosecha, en su transporte y en los puntos de venta. Este tomate transgénico se obtuvo mejorando una planta de tomate introduciendo un gen externo, que permitía apagar la producción de una enzima propia del tomate y que gestiona su ablandamiento natural. El producto fracasó en el mercado, y se retiró apenas tres años más tarde. Este fracaso se debió solo en parte porque la empresa productora cometió el absurdo error de mejorar la vida postcosecha de una variedad de tomate que no era especialmente buena de partida, en lugar de mejorar una buena variedad de tomate. Pero, lo que es mucho más relevante, lo que realmente decidió su retirada del mercado fue la tremenda campaña mediática en su contra, que generó miedo y desconfianza en la sociedad: los medios bautizaron el producto como el frankentomate y los activistas anti-transgenia lo demonizaron como símbolo de su oposición. Lo más chocante es que este tomate era completamente inocuo: su análisis riguroso, conforme a criterios científicos y de salud objetivos, confirmó que no dañaba en absoluto la salud del consumidor, no detectándose cambios nutricionales respecto a la variedad original, ni una mayor capacidad alergénica, ni efectos toxicológicos. El miedo al tomate transgénico era totalmente infundado, pero sembró la semilla, nunca mejor dicho, del miedo y rechazo social a los transgénicos.

Es cierto que la aplicación de la transgenia ha sido en ocasiones poco prudente, y esto ha alimentado la oposición social, como ejemplifica la generación de plantas de soja resistentes a herbicidas por la introducción de un gen externo. Esta modificación aporta un beneficio indudable en producción, y el consumo de esta soja transgénica en sí no es peligroso para la salud, el problema es que solo ofrece ventajas de producción si su cultivo va acompañado de un uso abundante de productos químicos cuya seguridad para la salud y el medio ambiente ha sido objeto de debate científico y regulatorio. Además, el agricultor queda ligado a un mercado cerrado de semillas patentadas, lo que condiciona sus beneficios, algo particularmente problemático en países en vías de desarrollo. Este es un buen ejemplo de que en ocasiones los beneficios son inseparables de los problemas, y sobre todo que los problemas pueden radicar no tanto en la técnica en sí, sino en el uso que se hace de ella. Una reflexión que, por cierto, no es en absoluto exclusiva de la tecnología basada en la mejora genética.

Y esta reflexión nos lleva a ejemplos de cómo la transgenia puede proporcionar soluciones a problemas sociales y económicos muy importantes. A mediados de los años 90 del siglo pasado, la industria de la papaya en Hawaii estaba a punto de desaparecer: el virus de la mancha anular de la papaya había reducido la cosecha a la mitad en tan solo seis años, y seguía progresando. Esta industria agrícola importantísima para la región y sus habitantes estaba condenada a desaparecer en muy poco tiempo. Los científicos desarrollaron en tiempo récord una variedad de papaya transgénica (que bautizaron Rainbow, arco iris) a base de introducir en la variedad cultivada un gen externo, nada menos que del propio virus que amenazaba la producción, y que actuaba a modo de vacuna, volviendo a la planta resistente a la enfermedad, y todo ello sin requerir el uso de pesticidas. Hoy en día, más del 80% de la papaya cultivada en Hawaii es transgénica y resistente a este virus de plantas, y después de más de treinta años de producción no se han detectado problemas de salud asociados a su consumo.

Este mismo tipo de aproximación puede favorecer también a países pobres o en vías de desarrollo. Actualmente hay varios proyectos de ayuda al desarrollo que han desarrollado plantas transgénicas de yuca, un tubérculo que constituye un cultivo alimentario básico en África. Estas plantas transgénicas son resistentes a enfermedades víricas devastadoras para el cultivo, como el virus del mosaico de la yuca o la mancha parda de la yuca, que pueden destruir cosechas completas, dejando a la población sin medios de subsistencia. Y algo muy relevante: estas yucas transgénicas resistentes no solo salvan la producción del virus, sino que además son gratuitas para los pequeños agricultores, lo que permite la persistencia de esta agricultura básica; además su resistencia al virus no lleva asociada el uso de pesticidas, lo que en el caso africano tiene el doble beneficio de reducir el daño medioambiental y el coste de adquisición de estos, fuera del alcance de estos pequeños agricultores. Hay nuevos proyectos similares en marcha para plantas de patata resistentes a virus, incluso con variantes cuya comercialización no resultaría rentable a las empresas agronómicas en países ricos como los EEUU. Como era de esperar, frente a esta buena perspectiva futura y a los evidentes beneficios para una sociedad empobrecida, ya han surgido voces que acusan a estos proyectos de ayuda al desarrollo de esconder la nefasta intención de manipular con una tecnología perversa a los países pobres. Parece ser que la polémica visceral en torno a la transgenia, que no se detiene a meditar y distinguir entre diferentes aproximaciones, resulta más difícil de erradicar que los virus que destruyen cultivos.

Un último ejemplo del uso potencialmente beneficioso de las plantas transgénicas, y la polémica en torno a las mismas. Desde finales de los años 90 del siglo pasado y hasta principios del 2000, un grupo de científicos desarrollaron plantas transgénicas de arroz que producían betacaroteno, el pigmento que podemos observar en el color de las zanahorias y que se transforma en vitamina A al consumirlo. El arroz produce betacaroteno, pero no en el grano sino en las hojas, que no comemos. Estas plantas transgénicas, bautizadas como arroz dorado por su color, acumulan mucho betacaroteno en el grano, lo que se consiguió introduciendo varios genes de otros organismos. La razón detrás de este desarrollo era reducir el impacto de la deficiencia en vitamina A que afecta a millones de niños en el mundo, causando ceguera infantil, especialmente en regiones de África y Asia donde el arroz es la base de la alimentación y donde diversificar la dieta no es viable por motivos económicos. Los investigadores donaron sus patentes y se repartieron licencias gratuitas para que los agricultores pudieran guardar y resembrar parte de las semillas sin pagar royalties. Sin embargo, el miedo del público propagado por una agresiva propaganda contraria a la transgénesis por parte de organizaciones ecologistas, combinada con una regulación estricta condicionada por la alarma social generada, bloqueó y retrasó su aprobación para consumo humano hasta el 2021, habiéndose demostrado exhaustivamente la seguridad de su consumo, cuando se obtuvo la primera cosecha en Filipinas. La historia, lamentablemente, no ha terminado: los grupos ecologistas opuestos a las plantas transgénicas llevaron de nuevo el caso a los tribunales y lograron paralizar la producción en 2024. Una carta firmada por 167 Premios Nobel ha considerado esta campaña como una catástrofe humanitaria.

La legislación actual es draconiana con respecto a la autorización de organismos genéticamente modificados. Hay modelos de legislación más permisivos, basados en el producto (si el producto final es sustancialmente equivalente al no modificado, se aprueba) y otros modelos preventivos basados en el proceso (el hecho de haber sido generado por transgenia se asume como riesgo inherente y limita la aprobación del producto, aunque sea equivalente). Los modelos permisivos se aplican por ejemplo en EEUU, Canadá o Brasil y los preventivos en la Unión Europea o China, aunque este último país está adaptando rápidamente su legislación para promover la aprobación de transgénicos, sin abandonar un enfoque precautorio. La UE, por el contrario, mantiene uno de los sistemas más restrictivos del mundo. 

No olvidemos otro aspecto de la transgenia: no todas las plantas transgénicas están desarrolladas para comérselas. Se están desarrollando plantas transgénicas que permiten producir de forma eficiente y barata compuestos biológicos complejos, muy difíciles o costosos de producir en laboratorio, y con aplicaciones farmacéuticas o industriales. Por ejemplo, se están desarrollando plantas introduciendo el gen correspondiente del organismo de interés, para que la planta interprete sus instrucciones y produzca a gran escala anticuerpos, vacunas, hormonas o enzimas. Esto permite productos como vacunas que no requieren mantener la cadena de frío, o enzimas que permitan producción de biocombustibles. Este tipo de avances no serían posibles con la mejora genética clásica, porque requieren genes que no están presentes naturalmente en la planta.

Mucho más recientemente una nueva tecnología, la edición genética, ha cambiado el panorama de la mejora genética vegetal. La edición genética comprende una serie de técnicas biotecnológicas, incluido el ya famoso CRISPR, que permiten realizar cambios muy precisos en los genes propios de la planta, sin introducir ningún ADN foráneo. Estas técnicas, que también se usan para curar enfermedades en personas con una enfermedad genética mediante la reparación de errores en los genes defectuosos que generan la enfermedad, nos permiten mejorar el rendimiento de un cultivo, corrigiendo deficiencias, o potenciando capacidades, en los mismos genes de las plantas. Aunque esta tecnología con tanto potencial merece un análisis separado, es relevante mencionar que la legislación mundial actual parece inclinada a un modelo dual, que tiende a considerar las plantas generadas por edición genética de forma menos restrictiva que las generadas por transgenia.

Resumiendo, debemos mejorar la comunicación entre ciencia y sociedad, analizar con espíritu crítico, y de forma constructiva, cada nueva tecnología y sus aplicaciones basándonos siempre en hechos objetivos, sin dejarnos por llevar por miedos atávicos ni manipular por intereses particulares, y adoptar una regulación que garantice la seguridad del público sin bloquear los avances científicos, para extraer los mayores beneficios sociales.

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