¿Debe la Unión Europea reconocer el Gobierno de Juan Guaidó en Venezuela?

El silencio no es una opción a la hora de pronunciarse sobre la legitimidad de los gobiernos venezolanos. ¿A quién debe tender la mano Europa? Este debate nos sirve Manuel García Durán, Graduado en Derecho por la Universidad de Murcia y Máster en Relaciones Internacionales y Diplomacia.
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“Juro asumir formalmente las competencias del Ejecutivo nacional como el presidente encargado de Venezuela para lograr el cese de la usurpación”. Con esta proclama, frente a gran parte del pueblo venezolano, el presidente de la Asamblea Nacional, Juan Guiadó, ha declarado asumir las funciones de presidente interino. Ante esta conjura, vamos a abordar la siguiente cuestión: ¿Debe la Unión Europea reconocer el Gobierno de Juan Guaidó en Venezuela?

El contexto de esta proclama es básico para entender este debate, pues se apoya en el artículo 233 de la Constitución, que faculta al Legislativo a asumir cargos y funciones ejecutivas en caso de vacante del presidente. El mandato de Maduro carece de legitimidad constitucional, por lo que se puede interpretar la constitución venezolana en el sentido que pretende la oposición. No obstante, es sin duda, irregular que una toma de posesión o jura de mandato se haga en la calle; al calor de movilizaciones de una gran parte del país contra la otra, de una manera personalista y sin ningún tipo de formalidad institucional, por lo que la Unión Europea puede estar dando una imagen de que apoya este tipo de prácticas al reconocer a Guaidó. Pero lo cierto es que el caos institucional creado por el régimen, cerrando cualquier vía regular, hace imposible en la práctica otras fórmulas que respetaran procedimientos y normas. Aunque extremadamente irregular, entiendo que la declaración es válida tal como lo ha hecho Luis Almagro, secretario general de la OEA.

Ante semejante situación de excepcionalidad, para que la Unión Europea reconociera este mandato sólo sería posible con una serie de condiciones rigurosas: la provisionalidad con el fin de celebrar elecciones en el menor tiempo posible y con el máximo de garantías internacionales, y un mandato limitado al tiempo necesario para organizarlas. Además, la OEA y la ONU deberían ser invitadas a asumir tareas excepcionales adicionales a las de observación. La Unión, con España como puente, tiene una importante oportunidad de verse fortalecida en la conjura de su política exterior tantas veces criticada por tener una posición débil más allá de lo económico; y siendo tantas veces a la vez “orgullosa garante” de la promoción de la democracia y los derechos humanos. De momento, solo se ha ceñido a negar la legitimidad del gobierno de Maduro y afirmar la legitimidad de la Asamblea, viendo como desde Madrid, Berlín, París y Londres se manda un ultimátum para reconocer si no se convocan elecciones en una semana.

Sin embargo, hay que valorar también que dentro de la Unión hay muchas diferencias en la manera de hacer política exterior en cada Estado miembro, y que existen diferentes fuerzas políticas que conciben este reconocimiento como una injerencia en la soberanía de un Estado. Por lo que sería un gran riesgo poner en compromiso la integridad del bloque por una cuestión externa si un determinado Estado concibiera como golpe de estado lo hecho por Guaidó. Por tanto, conseguir una posición conjunta, unida y fuerte va a ser muy complicado en un contexto tan difícil como el que vive la Unión, que podría pasar a la historia como la primera organización internacional que pudiera incurrir en una injerencia en los asuntos internos de un país soberano. 

Lo que está claro es que la situación es crítica y que gran parte del pueblo venezolano quiere que haya un cambio inmediato. Decía el escritor alemán J.W. von Goethe que “Sólo es digno de libertad quien sabe conquistarla día a día”, y entre todo este caos, solo nos queda clara la gran dignidad del pueblo venezolano. Podemos ver como la Unión se encuentra una vez más en una encrucijada y que de este reconocimiento o no reconocimiento se podrá decir mucho acerca de su posición en el mundo. 

Así pues, el debate está servido.

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