¿Es coherente con nuestro pasado el cambio de nombres en las calles por motivos ideológicos?

La Ley de Memoria Histórica y su aplicación sobre las calles emblemáticas de ciudades, puesta a debate con Salvador García Guardeño, debatiente de CDU y estudiante del doble grado de Derecho y ADE en la UCO.
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Vamos a abordar un tema que a priori puede suscitar un debate complejo, un debate pasional y un debate político, que a mi juicio son los mas divertidos. A lo largo de estas líneas intentaré abrir un poco el contexto sobre el que nos movemos, hablar un poco de la actualidad, del pasado y de lo que queremos que sea nuestro futuro.
¿Por qué se elige dar un determinado nombre a una calle? La respuesta puede ser múltiple, para contentar a un determinado colectivo, para ensalzar a una figura histórica importante, para simplemente poder existir en el callejero de una ciudad y no vivir en medio de la nada, etc. El problema con esta situación viene dado cuando existe un nombre previamente a una calle (centro el artículo en las calles, pero entraría a considerarse ejemplos como edificios emblemáticos, estadios de fútbol o incluso monumentos); y un determinado grupo político en base a su criterio sesgado, decide cambiar el nombre de un barrio, una calle o una avenida, por que considera que esa persona o ese determinado nombre tiene relación con un pasado que es mejor olvidar.
Evidentemente aquí sería conveniente analizar la Ley 52/2007 de 26 de diciembre, o más comúnmente llamada la Ley de Memoria Histórica. En el mismo preámbulo de la norma, podemos leer como el objetivo de la norma es «cerrar las heridas todavía abiertas en los españoles y dar satisfacción a los ciudadanos que sufrieron, directamente o en la persona de sus familiares, las consecuencias de la tragedia de la Guerra Civil o de la represión de la Dictadura». Cuestión de otro debate sería traer a análisis si estas heridas siguen o no abiertas en las generaciones actuales, pero a pesar de prometer ser un tema divertido, no es el objeto de análisis de este artículo. En concreto quería hacer referencia al artículo 15 de la Ley 52/2007: 
«1. Las administraciones Públicas, en el ejercicio de sus competencias, tomarán las medidas oportunas para la retirada de escudos, insignias, placas y otros objetos o menciones conmemorativas de exaltación, personal o colectiva, de la sublevación militar, de la Guerra Civil y de la represión de la Dictadura. Entre estas medidas podrá incluirse la retirada de subvenciones o ayudas públicas»
Pienso que hay un punto en común al que gran parte de nosotros podemos llegar, y no es otro que el rechazo a la violencia y a la represión política, las cuales fueron evidentes durante la dictadura, y todos condenamos sin reparos. Este es un argumento bastante pesado en favor de el cambio del nombre de las calles, el hecho de pensar que a personas muy cercanas o allegadas a su familia, les fue arrebatada la vida por diferentes conflictos bélicos o por la represión misma de la posguerra. En este caso sería lógico plantear que una persona podría sentirse ofendida si un cargo militar, un sujeto importante del régimen o simplemente un símbolo patrio de la época, den nombre a su propia calle o a una calle cualquiera. Esta ofensa no es necesariamente directa a la persona que fue afectada, sino a sus familiares y descendientes, y en mayor medida al recuerdo, siendo esta palabra importante para este tema.
¿Qué es un recuerdo? Realmente es la memoria que se hace de un suceso o una persona pasada. Un poco más profundamente, un recuerdo puede ser positivo y puede ser negativo. Un recuerdo puede evocar a un suceso afable, pero también puede recordarnos como aquella noche sacaron a nuestro abuelo o a nuestro tío de su casa y jamás volvió. Esta es un ejemplo de historia que he escuchado muchas veces, y que es motivo suficiente para que los valores o nombres que ensalcen este conflicto, que para muchos o para pocos sigue abierto (ya dije que no iba a entrar en ese debate), desaparezcan para siempre, ya que no se puede consentir que unos recuerdos tan negativos afloren en la piel de nuestros ciudadanos, y menos aun si estos recuerdos evocan a un pasado no democrático y a un pasado que sí, forma parte de nuestra historia, pero es una historia cruel y una historia «reciente», al menos para las suficientes personas como para tenerlo en consideración. Existe en lo referente a País Vasco y al terrorismo etarra, la Ley 12/2016 de 28 de julio, de reconocimiento y reparación a las víctimas del terrorismo, la cual prohíbe nombrar o ensalzar con nombres de terroristas vinculados a la banda ETA, en las diferentes calles o plazas de la ciudad. Si ante un conflicto, innegablemente mas reciente, utilizamos esta vara de medir e impedimos que se dañen a los familiares con recuerdos lesivos para ellos, por qué no vamos a hacer lo mismo con la Guerra Civil. Es cierto que unos son terroristas y otros golpistas, unos defendían una causa más minoritaria, frente a una causa que acabó gobernando un país durante 40 años, pero no creo que la refutación sea esa, simplemente en base a una comparativa de lesividad en el recuerdo de los ciudadanos, pienso que son extrapolables.
Me gustaría aquí hacer referencia a una curiosa figura del ius o derecho romano. Durante la época dorada de Roma, existieron numerosos emperadores como Octavio Augusto, Marco Ulpio Trajano o Marco Aurelio. Estos son considerados grandes figuras de la historia antigua, y con sus mas y con sus menos fueron partícipes del desarrollo y el esplendor de Roma. Sin embargo, no todos los emperadores tienen tan buena fama. ¿Alguien conoce a Nerón? Supongo que si, el responsable de la quema de su propia ciudad. ¿Y a Domiciano? Quizás es menos conocido, pero durante su imperio Roma vivió una de las etapas más oscuras de su historia. El pueblo de Roma, encarnado en el Senado, tenía una figura jurídica para aquellos que, aun formando parte de su historia no merecían ser recordados, por sus actos el mayor castigo que podían recibir era el total y absoluto olvido. Así surge la damnatio memoriae o condena a la memoria que obligaba a retirar todos los símbolos de aquella figura, estatuas, edificios, calles e incluso borrar el rostro en las monedas acuñadas durante su mandato. Con esto solo quiero plantear que quizás este debate sobre la memoria tenga más antigüedad de la que pensamos, y quizás cabría pensar que no es tan extraño querer olvidar algo que, aun formando parte de nuestra historia, es dañino para muchos.
Sin embargo, demos un paseo por el pensamiento contrario. La historia es la que es, y no somos más que el desarrollo de una determinada serie de circunstancias y de hechos históricos, que han convertido a España en el país que es hoy en día. Querer rechazar nuestro pasado es un poco incoherente, principalmente porque aunque pueda o no causar malestar entre parte de la población, es historia al fin y al cabo. Entiendo que siempre en el desarrollo de un estado hay vencedores y vencidos, pero no solo en la Guerra Civil, sino en cualquier conflicto ¿acaso no los hay en la Guerra de Independencia, o en las Guerras Carlistas? Las consecuencias de estas guerras no fueron tampoco excesivamente positivas para cualquiera de los bandos, no creo que sea necesario entrar a analizar a la figura de Fernando VII «el Deseado», o los perjuicios sufridos por aquellos bandos que apoyaron a Carlos María Isidro de Borbón. No por ello se olvidó o se intentó olvidar a estas figuras, y fueron también muy perjudiciales para muchos individuos. Se que la Guerra Civil es diferente, que ocurrió hace menos tiempo y puede tener a personas, que quizás no lo sufrieron en sus carnes, pero sí en las de sus padres o sus abuelos. Aun así forma parte de nuestra historia, es lógico que un estado democrático quiera desplazar los vestigios más importantes de un periodo previo que defendía a ultranza valores completamente diferentes a los actuales, y por ello veo lógico que no existan calles actualmente como «Avd. del Generalísimo» o la «Calle del 17 de julio» aunque anteriormente existieran. Es historia sí, pero una cosa es recordar y otra muy diferente ensalzar un determinado hecho, hito o persona con el nombre de una calle.
Aquí sin embargo entramos en algo que me parece interesante plantear y es que, ajeno a la simbología directamente aplicable a figuras como el dictador o cargos militares importantes, ¿todas las personas, alcaldes o figuras de la época merecen ser medidos por la misma vara? ¿Es posible que haya personas que, aun siendo parte del régimen al formar parte de su sistema político, contribuyeran positivamente a la sociedad? Muy recientemente en mi ciudad se han cambiado numerosas calles, como una de las principales o más emblemáticas la calle «Cruz Conde» que pasa a denominarse calle «Foro Romano», o la plaza de «Cañero» que ahora se llama «De los derechos humanos» la cual curiosamente fue rotulada por IU en 1988 con el nombre del torero. ¿Fue Antonio Cruz-Conde un mal alcalde para Córdoba? ¿Y fue Ramón de Carranza bueno para Cádiz? Hay que analizar cada caso en concreto, obviamente vamos a encontrar relaciones con el régimen, uno fue alcalde en los 50, otro apoyó el golpe de estado. ¿Pero merecen por ello ser retirados sus nombres del espacio público? ¿Están ahí por su vinculación con la dictadura o porque realmente fueron importantes figuras para su ciudad? Pienso que también es de tener en cuenta el hecho de cómo podemos juzgar con la mentalidad del presente un hecho del pasado, es decir ¿realmente podemos aplicar el mismo criterio para valorar un conflicto actual, que para valorar un conflicto de hace setenta años? Es una situación compleja, ya que al fin y al cabo todos los cargos políticos de la época del régimen debían de cumplir una serie de requisitos para llegar a ser alguien en la vida pública, pero esto no necesariamente les hace culpables de haber vivido en esa época, o de haber entrado en el juego de la dictadura, puesto que necesariamente vivían en esas circunstancias. Aquí viene mi planteamiento, ¿es justo juzgar a una persona que vivió una época en la que no existían unos valores democráticos, por el hecho mismo de ser representante político en ese periodo? Quizás deberíamos empezar a juzgar a estos personajes históricos en base a su aportación al régimen, en vez de por el mero hecho de haber «pertenecido» al él, ¿Qué criterios utilizamos para determinar que un alcalde fue malo para su ciudad, el hecho de pertenecer al régimen, o las acciones que llevó a cabo durante su mandato? ¿Es justo juzgarle con el pensamiento actual en base a las circunstancias de su época? 
Podríamos seguir con infinidad de casos, la mayoría de los municipios españoles han sido testigos de intensos «debates» sobre este tema en los plenos de sus ayuntamientos. ¿Realmente se hace por la memoria de sus ciudadanos? ¿Influyen intereses partidistas? ¿Puede un determinado grupo político definir lo que es la memoria histórica? ¿Se pueden hacer estos cambios sin contar con la opinión de los vecinos locales?
Estas son algunas preguntas las cuales me parece importante plantear, pero no responder ya que al fin y al cabo si escribo hoy aquí es para agitar algunas conciencias dormidas, pero principalmente para poder acabar y decir…el debate está servido.

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