¿Es la corrección política una amenaza para la libertad de pensamiento?

Paula Villaseñor Cano, estudiante de Ingeniería Industrial, cuestiona el límite que precede a la corrección política. ¿Cómo la entendemos? ¿Hasta dónde llega?
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Actualmente ayudo en mi antiguo colegio con la extraescolar de debate. Mi compañero, como docente, critica un particular aspecto sobre éste, y es que sobre todo cuando eres debatiente escolar y te sumerges en una pregunta hasta tres semanas o más, después del torneo y de debatir sobre lo mismo una y otra vez, no tienes tiempo ni ganas para hacer una reflexión después. En Universitario no sucede del todo lo mismo, pero aprovechando la última edición del Torneo de la Universidad Francisco de Vitoria (y después de dejar pasar unas semanas) me gustaría recuperar el tema.
Siempre había asociado la corrección política a mucho más que una forma de lenguaje “no ofensivo hacia colectivos en riesgo de discriminación”. Sin embargo, en su origen era lo que se pretendía. Desde la Universidad Politécnica defendimos en el torneo que la corrección política parte de unas premisas muy básicas que no son capaces de adaptarse a la diversidad del discurso. Creo que no íbamos muy desencaminadas. Esto quizá se pueda ver mejor en que si nos atenemos exclusivamente a la definición lingüística, no sabríamos escribir una lista con diez frases políticamente incorrectas que no pasaran por lo que ahora entendemos como discriminación. Y que seamos capaces de distinguir qué es discriminatorio y qué no, no es un éxito de la corrección política, sino de muchos colectivos que se han esforzado en ganarse el respeto que les correspondía sin demandar un exceso de sobreprotección. La corrección política es consecuencia, no causa. Una vez que se alcanzó el respeto mayoritario de la sociedad, se pretende dar un paso más. Ahora no sólo hay que aceptar, sino que también hay que evitar la ofensa.
Por eso, aunque en origen la corrección política pretendía acabar con connotaciones negativas en determinadas palabras, ese origen tan plano que debería ser básico y que de hecho lo es para mucha gente, hace que la corrección política no pudiese perdurar mucho más tiempo de acuerdo a su esencia. Porque casi no la tenía. Lo único que podía suceder con esta tendencia social plana, básica, y que no es más que saber guardar las formas, es deformarse y utilizarse de arma arrojadiza. Ese ha sido el culmen de la corrección política. Algo que se utiliza primero por unos para censurar el discurso de otros y que después, los otros aprovechan para legitimar mensajes casi de odio. Creo que no se debería confundir la incorrección política con faltas de educación. Sin poner ejemplos, creo que todos podemos entender esto. Pero si se anula el discurso del contrario porque presuntamente “no se debe decir eso”, no hay posibilidad de llegar a un acuerdo. 
A veces tengo la sensación de que ahora la corrección política pasa por no criticar, por no expresar ciertas opiniones legítimas y que pueden ir de la mano de todos los principios de los que nace. Pero, “no se debe decir eso”. La corrección política se basa en un principio de “no ofensa” que es imposible de mesurar, de la misma forma que no se puede mesurar sin polémica la libertad de expresión, tampoco se puede hacer con estos discursos.La libertad de expresión debería ir siempre de la mano de la libertad de debate, por supuesto en un marco de respeto mutuo. No nos autocensuremos ni intentemos censurar a otros por unos principios que encima respetamos. Hay cosas actualmente que merecen recibir críticas, aunque vengan de parte de colectivos que estuvieron o están en riesgo de exclusión. Más que nada, porque si no lo hacemos, nunca estarán incluidos de verdad, porque no estarán sujetos a las mismas normas que todos los demás. La crítica no se debe perder, si no podemos discutir tranquilos, entonces perdemos oportunidades para poder cambiar de opinión. Y creo que no hay nada que favorezca más a la libertad de pensamiento como el cambio de opinión. 

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