
Pocas expresiones irritan más a mi padre que el popular “yo me entiendo”. La considera muestra evidente de torpeza expresiva, síntoma de una preocupante incapacidad para articular un pensamiento con claridad. Y es, precisamente, a partir de gestos lingüísticos tan cotidianos como este que surge la pregunta que motiva este artículo: ¿estamos realmente ante una crisis de la lengua castellana?
Responder a este dilema exige contemplar diversos factores, todos ellos relacionados con las nuevas generaciones y con un contexto social, cultural y tecnológico que parece erosionar ciertos hábitos lingüísticos. No es extraño que muchos perciban que la lengua atraviesa, si no una decadencia, sí un periodo de evidente vulnerabilidad.
El primer elemento por considerar es el disminuido arraigo del lenguaje culto en la conversación cotidiana. Resulta fácil comprobar cómo el vocabulario y la estructura sintáctica utilizados por los hablantes se simplifican de manera alarmante. No estamos, sin embargo, ante un fenómeno fortuito: incluso desde la Real Academia Española se advierte una “relajación del nivel de exigencia en lengua y literatura” dentro del sistema educativo. Es lícito pensar, pues, que la menguante exigencia académica es a la vez causa y consecuencia de esta progresiva pérdida de complejidad lingüística, un proceso que se acentúa desde comienzos del siglo XXI.
A ello se suma la creciente invasión de anglicismos, que conforman un escenario de convivencia desigual entre el castellano y el inglés. Cada año nuestro diccionario incorpora nuevos términos, unos adaptados (fútbol, sándwich), otros aceptados sin modificación (parking, email, online). Esta permeabilidad, beneficiosa en ocasiones, también puede generar una cierta sensación de crisis identitaria, especialmente cuando la adopción del anglicismo sustituye, más que complementa, las posibilidades expresivas del español.
Otro factor relevante es el papel de los referentes culturales contemporáneos. No es aventurado afirmar que los modelos lingüísticos actuales distan de los que disfrutaron generaciones anteriores. Quienes se formaron leyendo y escuchando a Silvio Rodríguez, Gala o Cela contaban con ejemplos de brillantez expresiva, riqueza léxica y hondura retórica. Hoy, los grandes referentes de masas son, en su mayoría, artistas internacionales cuyas letras, a menudo, deliberadamente simples, o tertulias televisivas dominadas por la crispación y el sensacionalismo, ofrecen escaso estímulo lingüístico. Ello no implica desmerecer la música o la cultura popular contemporánea, pero sí constatar que nuestros referentes ya no fortalecen la competencia idiomática con la misma intensidad que antaño.
A estas dificultades de base se añaden otras surgidas en tiempos recientes. Por un lado, la priorización de lenguas extranjeras sobre la lengua materna. Fenómeno perfectamente comprensible en un mundo globalizado, donde el inglés se percibe como llave de oportunidades. Pero esta apuesta por lo extranjero, aun siendo legítima y útil, genera una cierta desatención hacia el desarrollo pleno del castellano, especialmente en etapas educativas tempranas.
Por otro lado, la irrupción de la inteligencia artificial ha transformado radicalmente la relación del individuo con la escritura. Hoy basta formular un mandato para obtener textos extensos y coherentes sobre cualquier asunto. Este acceso inmediato al discurso elaborado reduce la necesidad de ejercitar la redacción propia y, con ello, la capacidad narrativa y argumentativa del hablante. Aunque las herramientas digitales abren posibilidades extraordinarias, también pueden erosionar el hábito de escribir, indispensable para consolidar un dominio profundo de la lengua.
Pese a todo, este panorama no debe interpretarse en clave catastrofista. Para comprender lo que ocurre es imprescindible recordar cuál es la verdadera función de la lengua. Como subraya la RAE, el propósito de la lengua no es prescribir, sino describir los usos que la sociedad adopta. Es decir, las lenguas no empeoran ni mejoran: evolucionan, se adaptan al tiempo, a las regiones y a los hablantes.
Un ejemplo esclarecedor es el andaluz, dialecto injustamente estigmatizado por quienes lo consideran una forma “relajada” del castellano. Nada más lejos de la realidad: se trata de un sistema lingüístico propio, eficiente y expresivo, que responde a la necesidad de comunicar más con menos. Lejos de ser una degradación, constituye una evolución natural del idioma, una muestra más de su capacidad para adecuarse a los usos socioculturales de una comunidad.
En conclusión, aunque existen argumentos para pensar que el castellano vive un momento delicado —por la simplificación léxica, la menor exigencia educativa, la presión de lenguas extranjeras o el auge de la inteligencia artificial—, también resulta evidente que la lengua no se extingue ni se empobrece por sistema, sino que cambia al ritmo de la sociedad que la utiliza. El debate, por tanto, no debe centrarse en si la lengua está “en crisis”, sino en cómo queremos acompañar su evolución sin renunciar a la riqueza expresiva que la caracteriza.
Así pues, el debate está servido.