¿Debería ser obligatorio votar en las elecciones?

María Cervera y Martín Porteiro, debatientes de St. Mary´s School, nos traen hoy una propuesta muy de actualidad sobre la que reflexionar: la obligatoriedad del voto. ¿Cómo afectaría a la calidad del voto? ¿Pesa más el deber ciudadano o la libertad de no votar? Esta y otras interesantes cuestiones, en el artículo de opinión. ¡A leer!
Realistic empty transparent ballot box with marked ballot in hole on white background isolated vector illustration

El 54,9% de los Españoles se siente descontento con la política (efe). Una cifra que asusta, y qué nos hace replantearnos qué estamos haciendo mal. El sistema electoral español permite que el poder resida en el pueblo, pero el pueblo español solo participa en un 70%. Por ende si para que la democracia funcione y el descontento se apague, el pueblo debe ver el votar como una responsabilidad o como una elección.

En primer lugar, si vemos la democracia como ese poder en el pueblo, para ello es esencial que ese pueblo participe. El pueblo debe ver votar como una responsabilidad. En primer lugar, para la representatividad política. Y es que en sistemas voluntarios, suelen votar más solo ciertos grupos. La obligatoriedad reduce esos sesgos y da voz a sectores que son menos participativos. Haciendo de esta manera que se reduzca la polarización política, ya que a más votos, mayor diversidad. Además que al igual que pagar impuesto o respetar la ley, votar también puede considerarse una responsabilidad por parte del ciudadano. La obligatoriedad sostiene la idea de que la democracia requiere una participación activa. El punto clave se establece cuando vemos que el pueblo no se siente representado, para eso es esencial que la gente vote y por ende que sea obligatorio.

Por otra parte, si nos centramos en el debate desde una perspectiva etimológica, de forma
fundamental la democracia siempre se ha basado en la libertad de voto. No solo libertad de
elegir, sino libertad de que todo el mundo pueda elegir. Y es este “pueda” quien ofrece un
matiz crucial, ya que el derecho a voto implica a su vez el derecho a no votar. Obligar a
participar en las elecciones se puede considerar como una contradicción del principio de
libertad política. Además, esto se puede traducir en un perjuicio directo a la calidad de las
elecciones. Ya que al hacer obligatorio el voto, se puede confundir el propósito de este mismo
y hacer que los votantes sientan que ir a votar es una tarea más y no algo definitorio e
importante, disminuyendo el interés. Y esta falta de interés puede traducirse en una mayor
cantidad de votos aleatorios o no correctamente fundamentados.

En conclusión, el valor del voto es claro, y es la base de toda democracia. La cuestión no se
basa en sí en el número de los votos, sino en la calidad y capacidad de elección de los
ciudadanos. ¿Valoramos la representatividad total por encima de todo? ¿O por el contrario
tomamos en cuenta sólo aquellos que vienen del interés?

Así pues, el debate está servido.

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