¿Debe la ciencia aspirar a la inmortalidad del ser humano?

Hemos llegado a un punto en el que convivimos con lo que antes solo veíamos en películas. ¿Sería el siguiente paso intentar la inmortalidad? ¿Podemos jugar a lo divino? Ello nos plantea Carmen Coronas, estudiante de bachillerato.
bruejula

A lo largo del último siglo, la esperanza de vida de los países desarrollados ha experimentado un indudable incremento. En el caso de España, por ejemplo, el aumento ha sido de aproximadamente 40 años. Seguramente este hecho no sorprenda demasiado y sean fácilmente deducibles sus causas: mejora de la calidad de vida, desarrollo sanitario y tecnológico, superación de algunas de los principales motivos de mortalidad cien años atrás (la mortalidad infantil)… Todo ello podría agruparse en lo que viene a ser el desarrollo científico; ahora bien, para no caer en el error de discutir la cuestión dada con superficialidad, es necesario pararse a analizar cuáles son los objetivos de la ciencia y qué significa e implica aspirar a la inmortalidad del ser humano.
El fin último de todos los ámbitos de la ciencia, su razón de ser, es el conocimiento universal, el cual se pone al servicio de las personas para satisfacer sus necesidades: obteniendo energía, curando enfermedades, fabricando aparatos que promuevan una buena calidad de vida y un largo etcétera. No se debe olvidar que la ciencia, al estar controlada por personas, no siempre respeta los límites de lo éticamente correcto y en ocasiones se ha empleado y se emplea para destruir en lugar de construir o bien corre el riesgo de alterar de una forma que muchos considerarían excesiva, la naturaleza del hombre. 
Esto nos lleva a la segunda cuestión: ¿qué implica que la ciencia aspire a la inmortalidad? Es necesario aclarar que el término inmortalidad, en el terreno en que está siendo empleado, no se refiere a que la ciencia nos convierta a todos en los semidioses o superhéroes de las películas; es decir, se considera que el hecho de que la ciencia aspire a la inmortalidad de las personas implica que estas no mueran de muerte natural, pero no las salva mágicamente de un accidente de tráfico por ejemplo. Ahora bien, ese “no morir de muerte natural” puede ser observado desde varios puntos de vista; pondré dos ejemplos. Por un lado se puede evitar la muerte natural de un niño con leucemia gracias a la quimioterapia, la cual ha surgido del desarrollo científico, y en este caso nadie lo vería mal. Por otro lado, se puede operar a una persona de noventa años, someterla a todos los avances sanitarios disponibles y alargar su vida diez años más. Ahora supongamos que dichos avances sanitarios son tales, en un futuro, que la vida de la persona perdura indefinidamente, entonces aparecen una serie de cuestiones claves para la pregunta: ¿Cómo se valoraría la vida en un mundo en que esta fuese infinita o sencillamente mucho más duradera que en la actualidad? ¿Sería sostenible el incremento demográfico que se produciría? Si se encontrase una forma de alcanzar la inmortalidad, ¿se le concedería a todo el mundo?, ¿acaso saldría a la luz? A lo mejor sería maravilloso un mundo en el que figuras como Nelson Mandela o Mahatma Gandhi fuesen inmortales, pero ¿nos imaginamos uno en el que lo fuesen otras como Hitler o Stalin?
A continuación, cabe pararse en algunos de estos interrogantes. En primer lugar, no creo que la vida se valorase más cuando la esperanza de vida estaba en cuarenta años que ahora que se encuentra alrededor de ochenta, no obstante, una vida de duración indefinida, quién sabe si eterna, aporta un punto de importante ambigüedad en este sentido (aunque está claro que este es un asunto hipotético). En segundo lugar, la cuestión demográfica, que presta mucho menos a la imaginación, pues ya a finales de siglo XVIII Thomas Malthus previó un insostenible crecimiento exponencial de la población. Si contamos con la revolución industrial, el desarrollo tecnológico y le añadimos el alargamiento “extra” a la duración de la vida humana, probablemente llegue un momento en que no sólo no quepamos en el planeta, sino que llegaríamos a sus límites, ya que no hay recursos ni capacidad de absorción de residuos para tantísima gente. Paradójicamente, lo que Malthus proponía como solución al gran crecimiento que predijo, y que se está cumpliendo, es el denominado crecimiento cero, consistente en la paralización del desarrollo y con ello del aumento demográfico. A su vez, todo ello lleva a la cuestión sobre las personas que podrían acceder a la inmortalidad en caso de que se llegase a ella, y es que evidentemente esta se alcanzaría en países desarrollados, en los cuales se es consciente del problema del gran incremento de población, por lo tanto, cabría esperar que se dejasen a un lado los países subdesarrollados mientras que el primer mundo seguiría avanzando. Esto es básicamente lo que ya está ocurriendo, pues está claro que el derecho a la sanidad no se cumple en todas partes. Se puede deducir entonces que el hecho de llegar a la inmortalidad supondría un ensanchamiento de la brecha entre primer y tercer mundo.
Pese a estas suposiciones y teorías y volviendo a la pregunta inicial, no se debe caer en el error de confundir aspirar con llegar y a su vez el hecho de llegar no implica aplicar. En otras palabras, por medio de la aspiración la inmortalidad del hombre por parte de la ciencia se lleva a cabo una realización de su anteriormente mencionado fin último: el conocimiento universal. El hecho de que la ciencia aspire a un “máximo” supone un impulso para llegar a unos “mínimos”, como puede ser la cura contra el cáncer. Se deduce por tanto que la ciencia ya está aspirando, por medio de la continua investigación, a la inmortalidad, que no llegando ni aplicando la misma. ¿Cuál es entonces el problema? (pues a todos nos encantaría que se hallase la cura contra el cáncer), el problema es que aspirando se corre el riesgo de llegar, llegar puede conllevar un aplicar y el aplicar puede desencadenar algunos de los asuntos explicados previamente.
Por otra parte, aún no llegando a la forma de hacer a las personas inmortales (y por tanto sin aplicación de la misma), el proceso de aspiración no deja de sugerir dilemas en el campo de la bioética, ya que no todo lo que técnica o científicamente se puede llevar a cabo, se debe hacer. Por otro lado, en general el progreso científico tiene una connotación positiva y no se debe estancar, por no mencionar que desear un objetivo tan alto como la inmortalidad supone dar un 150% y puede suponer un planteamiento más eficaz ante la resolución de problemas tanto actuales como futuros. No obstante, también se puede considerar innecesario proyectar la ciencia a la inmortalidad para su desarrollo.
Finalmente y resumiendo, cabe preguntarse si la sociedad está verdaderamente preparada para la velocidad de progreso que se está dando, cuestionarse acerca de la compatibilidad entre el desarrollo científico, tal y como se está produciendo hoy en día, y la ética; sobre los límites de la ciencia si es que los tiene…
Un científico tiene en sus manos el destino de los humanos, pues en sus manos está que vivamos más y mejor, mas como decía J.H. Newman, “si la conciencia tiene sus derechos, es porque también tiene sus deberes”.
Así pues, el debate está servido.

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