¿Deberían los países que se independizan de potencias coloniales cambiar sus nombres?

Mario Mojardín, debatiente, formador y tesorero del Club de Debate de Asturias (CDA), nos sirve hoy un interesante debate.
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Recientemente, muchos políticos de Sudáfrica han manifestado su malestar con el  nombre del país, aduciendo que no es un nombre como tal sino una mera  localización, el sur de África. Mientras que la mayoría de países de África han  abandonado su nombre colonial (Abisinia ahora es Etiopía, Rodesia ahora es  Zimbabwe, Alto Volta es Burkina Faso…), Sudáfrica sigue conservando el nombre que  los ingleses y holandeses les otorgaron durante la repartición de África en el S. XIX.  

Este debate, aunque ahora se ve representado en la política sudafricana, lleva  décadas en el foco político de muchas de estas sociedades. Por ejemplo, una de las  principales demandas del partido maorí neozelandés desde su creación es que el país  deje de llamarse Nueva Zelanda y pase a llamarse Aotearoa, el nombre tradicional  maorí. También hemos visto recientemente cambios como estos llevarse a cabo  oficialmente, como cuando en abril de 2018 Suazilandia cambió su nombre oficial a  Eswatini.  

No obstante, también existen muchos sectores poblacionales en estos países que  opinan lo contrario, aduciendo que cambiar el nombre del país solo sirve para  confundir a la gente o incluso que es negativo porque se está intentando invisibilizar  una parte importante de la historia de la nación.  

Lo importante de esta cuestión es analizar de donde viene el significado de las  palabras. Lingüísticamente, las palabras no significan nada. Son sonidos aleatorios  que hace nuestra laringe al hacer pasar aire por las cuerdas vocales, o, en su  defecto, dibujos que escribimos con la mano. El significado, por lo tanto, viene de  nosotros. Somos nosotros, los humanos, los que decidimos que la secuencia de letras  “m-a-n-z-a-n-a” se refiera a los frutos maduros de la especie Malus domestica y no a  ninguna otra cosa.  

Por ello, el factor más importante para mí de cara a determinar si un nombre  representa de forma correcta a un país y a su población es si dentro de dicho país  existe una identificación fuerte con dicho topónimo, incluso por encima de otros  factores como la historia o la etimología.  

Esto se puede ver constantemente en muchos ejemplos del mundo real: las reservas  de nativos americanos en Estados Unidos se llaman “Indian Reservations”, a pesar de  que los nativos americanos no tengan nada que ver con la India a nivel étnico.  Simplemente, estas poblaciones decidieron que el topónimo “indio” les  representaba, y por lo tanto así se creó el nuevo significado de la palabra “indio”.  

Por ello, si queremos plantearnos el cambio de nombre de estos países, la única pregunta que debería hacerse es: ¿se siente la gente de dicho país identificada con  este topónimo?  

Así pues, el debate está servido.

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