¿Es compatible la democracia con el algoritmo?

Enric Eroles, estudiante de Ingeniería Informática y ADE y miembro de la Càtedra Trivium de Debat de la Universitat de Lleida, nos trae un interesante artículo en que contrasta el espíritu de consenso que inspiró el nacimiento de la Unión Europea con la actual dinámica de polarización y el papel del algoritmo.
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El 1 de noviembre se cumplieron 32 años del nacimiento de la Unión Europea. Sonaba de fondo la Oda a la Alegría de Beethoven: las sociedades europeas no habían tardado ni medio siglo en pasar del odio al consenso. Parecía entonces que habíamos llegado a la cúspide del entendimiento y, por tanto, de la democracia, siendo Europa el gran bastión del mundo libre. 

Han pasado ya 32 años de aquel hecho y resultaría inimaginable para los primeros líderes europeos observar hacia dónde está derivando Occidente: el populismo y la polarización recorren las sociedades occidentales de la mano de líderes como Trump, Meloni, Orbán o Le Pen. ¿Cómo hemos llegado a esta situación? ¿Han sabido responder las democracias occidentales ante un cambio social que germinó en la Universidad de Harvard y que ha transformado nuestras realidades sociales como nunca antes habíamos visto? 

Es inevitable que existan disidencias sobre las políticas que debería adoptar una sociedad, véase la distinción entre derecha e izquierda que heredamos de tiempos de Luis XVI. Sin embargo, las redes sociales han cambiado la manera en que vemos y hacemos política: antes, las opiniones disidentes se recibían de manos de un amigo de la infancia o te adentrabas en la universidad, rebosante de diversidad ideológica. Para contrastar tus ideas, te veías forzado a dialogar, a debatir y, en definitiva, a empatizar. 

Ahora el debate se traslada a la pantalla: en lugar de experimentar la variedad de ideas, la riqueza intelectual del pensamiento crítico, el propio algoritmo crea burbujas de opinión, radicalizando las ideas a base de repetición y la falta de contraste. La viralidad se confunde con veracidad: una mentira compartida cien veces acaba por convertirse en verdad. Cuantas más interacciones tenga una publicación, es decir, cuanto más le regale el oído a las masas, más probabilidades tendrá de llegar a lo más alto del ideario social. 

A todo esto, los usuarios sustituimos el carácter activo del debate por el consumo pasivo de mensajes, simplistas, frecuentemente dentro de un pack ideológico y ya perpetuados por el algoritmo. Además, el activismo político se reduce a mis likes, mis retuits o a ponerme la bandera o el símbolo de moda en mi nombre de usuario, pero nada más. 

En este caldo de cultivo, tóxico y simplista, en el que no se propician la empatía ni el contraste de opiniones que siempre han caracterizado al debate, es donde brota el populismo, la polarización y la división que erosionan Occidente. 

Desde la cúspide del entendimiento que alcanzamos hace ya 32 años, vamos en caída libre. La polarización ha ido ganando velocidad hasta llegar a su punto terminal con el reciente asesinato de Charlie Kirk. Cuando esta polarización deja de ser un “fallo de mercado” derivado de la propia naturaleza de las redes para convertirse en una característica estructural de la sociedad, solo queda luchar por volver a la reflexión, al debate y a la empatía que en otro tiempo caracterizaron las sociedades occidentales y volver a construir los puentes que dejamos deteriorarse hasta caer al estar absortos ante la luz de nuestras pantallas.

¿Podremos volver a esos tiempos donde avanzamos hacia la libertad, enterrando el hacha de guerra, o hemos llegado al agotamiento de la democracia tal y como la conocemos? Solo el tiempo lo dirá.

Así pues, el debate está servido.

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