
Cuando el Espacio Europeo de Educación Superior (EEES) se implantó con el llamado Plan de Bolonia, allá por 1999, se presentó como una reforma histórica. Prometía modernizar la universidad, facilitar la movilidad entre países y adaptar la enseñanza al mercado laboral europeo. Sin embargo, dos décadas después, abundan los indicios de que el resultado fue, en buena medida, un fracaso.
Según el informe Education and Training Monitor 2023 de la Comisión Europea, más del 40% de los titulados en España considera que su formación universitaria no les preparó adecuadamente para el empleo. Este dato es revelador si recordamos que uno de los pilares de Bolonia era precisamente mejorar la empleabilidad. En la práctica, la reforma generó una proliferación de másteres obligatorios —que según el Ministerio de Universidades suponen un coste medio anual superior a los 2.000 euros—, lo cual desplazó el problema sin resolverlo: los jóvenes son ahora más titulados, pero no necesariamente más preparados ni con mejores oportunidades.
En lo académico, varios estudios han señalado un empobrecimiento del aprendizaje profundo. Un informe de la CRUE (Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas, 2022) reconoce que el sistema de evaluación continua ha derivado en una sobrecarga de trabajos y prácticas menores, restando espacio a la reflexión y a la investigación. Los profesores, por su parte, denuncian una burocratización creciente. El sindicato CSIF estimó en 2021 que el profesorado dedica hasta un 30% de su tiempo a tareas administrativas vinculadas al control de competencias y acreditaciones, lo que merma la calidad docente y la vocación investigadora.
Por otra parte, la movilidad estudiantil —otro de los grandes estandartes de Bolonia— se ha convertido en un privilegio. El Informe Erasmus+ 2023 de la Comisión Europea muestra que menos del 10% de los universitarios españoles participa en programas internacionales, principalmente por motivos económicos. Lejos de democratizar el acceso a Europa, Bolonia ha reforzado desigualdades entre quienes pueden costear estancias en el extranjero y quienes no.
Cierto es que la reforma trajo algunas mejoras: impulsó la digitalización, fomentó la docencia participativa y permitió una cierta convergencia académica entre países. Pero estos avances resultan insuficientes ante el desequilibrio general. El propio Informe de la UNESCO sobre la Educación Superior (2022) advierte que el modelo europeo de Bolonia ha priorizado la eficiencia económica sobre la formación integral, debilitando el pensamiento crítico y el papel social de la universidad.
En suma, el Plan Bolonia nació con promesas de modernidad y terminó dejando un sistema más caro, más burocrático y menos libre intelectualmente. Se pretendía crear ciudadanos europeos del conocimiento, y se ha acabado fabricando técnicos cansados de entregar tareas.
Así pues, el debate está servido.