¿Puede sobrevivir Occidente sin unos valores comunes?

El impacto del individualismo moderno en la salud mental, la pérdida de los lazos comunitarios tradicionales en Occidente frente al auge de identidades colectivas firmes en otras potencias, y la necesidad urgente de recuperar el "nosotros" frente al "yo", a debate en este artículo escrito por Fernando Calahorro, debatiente del Club de Debate Loyola. ¡Yo no me lo perdería!
Woman climbing up a rope

La grandeza de una sociedad no se define meramente por un catálogo de derechos o su magnificencia económica; necesita de unos vínculos y el sentimiento de pertenencia a una comunidad. 

Son más que reconocidos todos los logros que la modernidad ha traído a nuestro Occidente. Sin embargo, poco se habla del daño ocasionado por su antropocentrismo intrínseco, donde se deja totalmente de lado la comunidad, pasando a un individualismo abrumador centrado únicamente en uno mismo y en lograr un éxito cada vez más mercantilizado. Creando el caldo de cultivo para lo que en nuestros días posmodernos conocemos como “sociedad atomizada”, dejando al individuo carente de lazos y vínculos comunes.

Esto se traduce en un hedonismo extremo, que abandera nuestra era. Cuanto menos paradójico que, cuando más se trata de priorizar el bienestar individual, estemos ante cifras récord de personas con problemas de salud mental. Las cifras son escalofriantes, con más de la mitad de nuestro país sufriendo estrés frecuente y unos mil millones de personas a nivel mundial que sufren algún trastorno mental.

No es casualidad que estos datos vayan de la mano del auge exponencial del individualismo y el abandono total de los valores del grupo. El problema viene en el momento en que se pasa a entender al individuo como una especie de átomo autosuficiente, que no necesita de ningún grupo, cuando se pone el foco exclusivamente en un individuo libre y no en una comunidad. Una concepción errónea del ser humano, que no es sino un ser social y que, como tal, necesita de un grupo en el que conocerse. La pertenencia a este grupo -ya sea la familia, la patria, una cofradía o cualquier otro- es la que en el fondo dota de sentido a la persona, otorgándole la capacidad de autoconstruir su identidad en el legado de éste. 

En definitiva, observamos cómo a raíz de la pérdida de esos principios tradicionales de carácter común -en su mayoría católicos, dicho sea de paso-, la pérdida de identidad de nuestro Occidente no ha hecho más que acrecentarse, llegando hasta un punto en que no sabemos ya no solo quiénes fuimos, sino quiénes somos. Frente a ello, es llamativo ver cómo las potencias emergentes son aquellas con un proyecto nacional e identidad colectiva firme, véase el caso de China.

Entiéndaseme que, con el presente texto, no busco acercar a nuestro mundo a una colectivización o algo parecido, nada más lejos de la realidad. Tampoco borrar los logros de la modernidad o, llevar a cabo una romantización de tiempos pasados. Sino traer a los lectores la necesidad de llevar a cabo una revisión histórica que explique nuestra situación. Quizá el desafío de Occidente no sólo sea preservar la prosperidad material o ese catálogo de libertades, sino apoyarnos de aquellos vínculos comunes que un día construyeron nuestra cultura. No conozco de ninguna civilización que se sostenga de por vida en el “yo”, dejando de lado el “nosotros”.

Así pues, el debate está servido.

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