¿Sigue viva la democracia española?

Esta más que interesante pregunta es servida por Vicente Martín Cazorla, estudiante de Ingeniería Informática en la Universidad de Jaén. Y apasionado, no solo del debate desde hace apenas un año, sino también del patinaje y el Kárate.
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Con la Transición, se instauró un sistema de elecciones que solventaba la situación en la que se encontraba la España de 1975, pero más que un sistema fuerte y consistente este proceso sirvió para esconder una situación de alta tensión y crispación en la que se encontraba el país. 

La confianza española en el sistema democrático no ha parado de caer desde su nacimiento, siendo un punto de inflexión la crisis del 2008. Hemos dejado de votar por representación política para “votar al menos malo” o “votar para que no salga el indeseado”. Estas afirmaciones muestran la descomposición en la que se encuentra la democracia española. La sociedad califica a sus representantes bajo expresiones como “todos son iguales”, “son todos unos corruptos” o demás improperios que muestran el desarraigo del pueblo hacia el sistema. 

Es por esto que para el pueblo es imperativo cambiar tanto al sistema democrático como a sus representantes, pues estos no velan por el beneficio de la nación sino por el suyo propio como se ha podido ver en las pasadas elecciones del 23 de julio. Esta actuación sería la ideal, pero es prácticamente imposible por varios factores. 

El primero de ellos es el propio sistema electoral. La metodología D’hont perjudica a la mayoría de la población en función del territorio para conseguir una supuesta equidad en el parlamento. Equidad inexistente pues precisamente los territorios que más se benefician de esta metodología son los territorios pequeños, como por ejemplo el País Vasco que tiene representación parlamentaria propia frente a Andalucía que carece de esta, aún teniendo cuatro veces más habitantes. 

Cambiar el sistema electoral tiene varios impedimentos, el primero de ellos es el requerimiento de una modificación de la Constitución. Es tan difícil cambiarla que solo se han aprobado dos reformas desde su creación, es decir, el propio sistema se vale de sí mismo para permanecer inmutable y así continuar adulterando la democracia para conseguir el beneficio de unos pocos. 

Otro de los grandes impedimentos es la partitocracia en la que nos encontramos, pues son los partidos políticos los más interesados en la preservación de esta falsa democracia en pos de seguir obteniendo rédito a costa de una política en descomposición. Si cambiaran el sistema, su lucrativo puesto estaría en peligro de ser reemplazado, es por esto que jamás cambiarán el sistema electoral a no ser que encuentren un método que les beneficie aún más. 

Mientras todo esto ocurre, la población es engañada y distraída con falsos problemas sociales, como pudo ser el alarmismo de la ocupación. De esta forma nos mantienen amedrentados sin que haya posibilidad a una reivindicación de un sistema pleno. 

Habiendo expuesto estos argumentos solo nos queda una pregunta que hacer; si ni el sistema, ni los partidos, ni la población son capaces de recuperar la democracia ¿Está muerta la democracia española?

Así pues, el debate está servido.

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