¿Deberíamos lamentar que las luchas sociales busquen más ser oídas que ser escuchadas?

Pablo García, estudiante de Recursos Humanos, debatiente de la Asociación de Debate UAL y reciente Campeón Nacional, nos sirve un interesante debate.
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Antes de todo, es necesario comprender qué entendemos por oír y qué entendemos por escuchar. Según la Real Academia Española, oír se define como “percibir con el oído los sonidos” y escuchar denota “prestar atención a lo que se oye”. Entendido esto, podemos apreciar que la diferencia entre las dos acciones tiene que ver con la predisposición y con la voluntariedad.

El debate ocurre cuando en los últimos años nos encontramos con que los actos reivindicativos obtienen más repercusión por el acto que hacen para reivindicarse que por el mensaje en sí mismo. Ejemplos de ello son los actos vandálicos contra las obras de arte en los museos con el fin de dar un mensaje respecto al cambio climático. Estos casos se mueven bajo el fenómeno de crear ruido y generar repercusión en lo máximo que se pueda y es lícito en sí mismo, puesto que muchísimas protestas o movimientos en causa de algo no llegan a los resultados esperados por la falta de recepción que tienen. En un mundo tan globalizado donde existen 6 manifestaciones en Plaza Mayor, 12 protestas y 50 change.org por día, es muy complicado captar la atención y crear un alcance para tu causa. Ahí está el fenómeno del ruido, cuanto más ruido genera, más repercusión conlleva; y visto está que posiblemente no se hubiese hablado de los problemas climáticos en Reino Unido sin que se hubiese arrojado un bote de pintura sobre un Picasso.

Visto de esta forma, podemos llegar a comprender que generar ese supuesto “ruido” es necesario; y ahí es donde entra la diferencia entre oír y escuchar. Todo este ruido es más que escuchado a raíz de que los medios de comunicación cubran la noticia, pero en la gran mayoría de casos, vemos lo sucedido y hablamos de lo sucedido, pero sin entrar verdaderamente en el trasfondo del acto. El ojo público se pone en el acto de lo que se realiza en la protesta y no en la protesta per se, y ejemplo de ello es cuando el debate se encuentra en si hicieron bien en manchar la obra de arte o no, pero no existe un debate sobre si Reino Unido realmente está adoptando unas buenas políticas climáticas. Este caso tuvo un beneficio y es que, al ser tan masivo, hizo que el menor porcentaje de la población que veía la noticia y se interesaba por el background del acto, se plantease las políticas y se uniese a la causa, haciendo así que los que se unieron fuesen más de los que lo empezaron en su día.

El problema reside en la tendencia que se crea; y se echa en falta que algún acto reivindicativo haga más énfasis en que te empapes e interiorices el mensaje y que sea capaz de captar tu atención y, posteriormente, participación a raíz de la palabra. Puede que sea más difícil, pero la fidelidad es mayor por la propia voluntariedad de la persona en entender de dónde nace y viene tu protesta. Así, cuando la mejor alumna de la promoción de Ciencias de la Información en la Universidad Complutense de Madrid realizó un completo discurso de odio hacia la intención de galardonar a Isabel Díaz Ayuso, esta chica, por buscar ser más oída que escuchada, consiguió que todos hablaran de si era apropiado o no el discurso que dio; pero nunca el ojo público se llegó a plantear cuáles eran los motivos de la protesta, haciendo así que se malinterpretase el mensaje o, en ocasiones, como en el feminismo, que ante los actos más radicales, conlleva que un amplio sector deteste o no empatice con el problema como consecuencia de la forma en la que se manifiestan, generando así un rechazo.

Independientemente de su opinión respecto al tema, una cosa está más que clara y es que de esto hay debate para rato.

Así pues, el debate está servido.

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