¿Supone la globalización una amenaza para el bienestar social?

La globalización del mundo en las últimas décadas lo ha transformado rápida e inesperadamente. Rubén Sánchez Álvarez, alumno y Debatiente del Tecnológico de Monterrey Campus Estado de México, analiza su efecto sobre el bienestar social.
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Cuando los economistas discuten sobre la globalización hay un punto que tiende a no estar en discusión: “el libre comercio beneficia a aquellos países que participan”. El problema surge cuando bajamos este debate a la población de a pie que no percibe todas las bondades prometidas. A diferencia de la lógica abstracta económica que establece que el libre comercio incrementa el PIB de los países y con esto el potencial de la mejora de vida de las personas, los beneficios no están llegando a todas. 

Hoy, el fenómeno de la globalización ha llevado a que la política se torne en un juego de resentimiento, entre aquellos que se han beneficiado de la globalización y aquellos que han perdido todo o casi todo a raíz de ella. El caso más claro es aquel del ex Presidente Donald Trump en EEUU. Dada la importancia política y social que tiene hoy en día este grupo ¿cómo compensamos o mejoramos la vida de aquellos que han salido perdiendo con la globalización?

Algunos tienden al proteccionismo, regresar a lo que antes permitía el crecimiento de la industria nacional y mantenía la competencia de precios y salarios en el mercado interno. Tener competidores como China y otros países en Asia (Tailandia, Vietnam, Bangladesh, etc.) en el juego termina por ser una competencia muy difícil cuando el salario mínimo en estos países es de una pequeña fracción de aquel propio de los países desarrollados. El proteccionismo tiene su lógica clara: cerrarse para permitir que la industria nacional florezca, y devolver aquellos trabajos a quienes los han perdido a causa de esta imposible competencia. 

Existe un mérito en el argumento de aquellos que buscan regresar a las épocas del proteccionismo. El problema surge cuando entendemos que la interconexión comercial que tenemos hoy en día es difícil separarla en líneas tan claras y tan finas como productos hay en el mercado. Para Trump cerrar las fronteras al acero y aluminio chino, significó una retaliación a los agricultores estadounidenses que exportan sus productos al gigante asiático, y no se debería estar dispuesto a sacrificar a unos por el bienestar de otros. 

Entonces, ¿cuál es el rumbo que debemos tomar? Resolver este problema para los millones de personas que han perdido sus trabajos y expectativas de mejorar su calidad de vida y la de sus familias es imperante para avanzar como una sociedad justa. Es necesario entonces que los Estados y la economía reconozcan que existen perdedores de la globalización, que estas personas están sufriendo y que merecen ganar como aquellos que se han beneficiado a manos llenas. Necesitamos proyectos de bienestar, programas sociales y programas de transferencia de líneas productivas para aquellos que han perdido sus empleos y no saben hacer otra cosa más que lo que hacían anteriormente. Necesitamos reconocer su valía y su dignidad, y esto no se hace cerrándonos, sino a través de la división de las ganancias de la globalización de una manera más justa y equitativa. 

Así pues, el debate está servido.

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