¿Debe el Debate ser una asignatura obligatoria?

Este artículo de opinión, rubricado por Miguel Raya, debatiente experimentado del Club de Debate Séneca, expresa el significado, el valor y la gran aportación que el debate, como asignatura, daría al sistema educativo. ¿Impulso legal o impulso moral?
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A ti, querido o querida “debatiente”, ¿qué sientes cuando oyes la palabra debate? Para mí es algo inefable, un término que mezcla tantas cosas que me resulta imposible que salgan todas juntas al hilo de unas frases.

Defender una asignatura obligatoria de debate parece una utopía por la dificultad que implica cambiar leyes, planes de estudio y formaciones docentes. Incluso puede percibirse como una imposición y no como una opción genuina que los alumnos puedan elegir libremente.

Para mí, esto es un sueño: inculcar desde niños los valores que integra esta fascinante disciplina debería ser algo tan obligatorio como enseñarles el nombre de los colores. Aprender a escuchar a los compañeros, a perder el miedo a preguntar, a exponer en público sin pánico y a respetar las opiniones ajenas. Tal vez por ahí pueda empezar la solución a los problemas que vemos hoy: polarización, intolerancia, radicalización, entre muchos otros.

Así podrían pasar a la ESO con una base sólida y poner en práctica todo lo aprendido. Una asignatura que mezcle todos los conocimientos que estén a su alcance para poder debatir con sus compañeros y, a ser posible, con otros institutos, como tuve la suerte de hacer con mi actual compañero de equipo, José Sánchez Morales.

Llevo debatiendo desde que tengo 14 años, en tercero de la ESO. Hoy, en segundo de carrera y con 19 años, tengo una cosa clara: el debate ha sido crucial para formar a la persona que soy.

Personas como Gonzalo J. Herreros, que consiguió en un instituto público que un departamento coordinase varios debates durante un día entero para debatir sobre si el pueblo alemán fue responsable del genocidio judío —anécdota que aún recuerdan casi todos los estudiantes más que cualquier otro tema que estudiásemos ese año—, o nuestro profesor Roberto Guijarro, que tenía en cuenta la participación que hacíamos en nuestra Asociación de Debate Escolar en el IES Averroes y nos sumaba alguna que otra décima, muestran cómo muchas veces no hace falta impulso legal, sino más bien impulso moral para formar realmente a los alumnos.

Desde que comenzamos a estudiar nos hacemos siempre la misma pregunta: ¿de qué me sirve la estadística, el análisis sintáctico o las fases de la historia, entre muchas otras materias, si luego no veo aplicación práctica en la vida diaria?

Pues, aparte de crear una base de conocimiento que funciona como hoja de ruta, el beneficio de integrar todo y trasladarlo a su uso práctico mediante una asignatura dedicada especialmente a ello cobra un valor imprescindible. Sobre todo teniendo en cuenta el momento histórico en el que nos encontramos: hace pocos años podíamos buscar cualquier cosa en internet; hoy internet hace cualquier cosa por nosotros. Sin embargo, una máquina, una inteligencia artificial o un programa no podrán nunca sustituir las relaciones humanas, el tacto, la empatía, los sentimientos ni la comunicación.

En este contexto entra la universidad. Aunque exista afán por poner en práctica lo aprendido, muchas veces esto se traduce en preguntas lanzadas al aire o en exposiciones que, en mi experiencia, son escasas y poco exigentes. Y aunque la mayoría de universidades cuentan con asociaciones de debate, no os voy a mentir: seguimos siendo los “raritos” de clase, los que se suben a atriles y hablan de cuestiones que parecen carecer de importancia. Precisamente esa percepción es lo que debemos cambiar: la visión que tiene la gente fuera del circuito. Y qué mejor manera de hacerlo que mediante una asignatura especializada que normalice y legitime el debate como herramienta formativa en pleno siglo XXI.

Es por ello que debemos defender la idea de trasladar lo teórico a lo práctico y que los debatientes del ayer y del hoy sean los profesores de los debatientes del mañana.

Así pues, el debate está servido.

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