Buenas, Iván. Gracias por atendernos. ¿Qué te parece empezar contándonos un poco qué es lo que más te gusta tanto de debatir como del mundo del debate?
Lo que más me gusta de debatir es la presión. Me encanta la sensación de tener que convertirme en un experto para defender cualquier tema una vez al mes, independientemente de mi especialidad. Yo he estudiado ADE y Derecho. Sin embargo, he tenido que debatir sobre ingeniería, biología o política internacional. Es increíble llegar a un torneo con el conocimiento y la determinación necesaria para plantarte ante un jurado. Hablas como un verdadero experto porque entiendes la cuestión a un nivel profundo. El objetivo es que no solo lo entiendas tú, sino que lo comprendan todas las personas que tienes delante.
Respecto al mundo del debate, lo más valioso no es lo que ocurre en los atriles, sino con quién lo haces y lo que pasa detrás. El debate junta a un grupo de personas muy particular. Es gente curiosa que quiere saber más y tiene interés. Lo más importante es que no les da vergüenza demostrar esa curiosidad. En la universidad, ser quien levanta la mano para preguntar puede traerte más problemas que beneficios según la clase. El debate, en cambio, es un sitio sin complejos. Aquí todos venimos a dar lo mejor de nosotros mismos. El raro es el vago que se sienta atrás, no el que se queda en primera fila porque verdaderamente le interesa el tema. Creo que eso es lo más bonito de este mundo.
Totalmente. Y ahora haciendo un poco el ejercicio inverso, quitando la parte romántica de debatir y del debate, ¿qué es lo que no te gusta, lo que cambiarías?
Lo que no me gusta del debate es que, al ser una disciplina construida sobre un formato deportivo, desarrolla los mismos problemas que la mayoría de los deportes. A veces, la competitividad puede cargarse los valores y fundamentos que la hacen tan especial. El debate está creciendo muchísimo en España, tanto a nivel económico como mediático. Los torneos cuentan cada vez con mayor infraestructura y dotación. Además, ser campeón o mejor orador es ahora muy relevante para la carrera y la proyección profesional.
Esto provoca que perder un debate, dar un consejo a un rival o compartir una evidencia ya no se tome como algo natural. Ahora parece que te juegas algo mucho más grande. Esta situación lleva a que a algunos equipos les cueste más relacionarse entre sí. Es una competitividad que daña una parte muy bonita del debate: el networking. Me refiero al hecho de ser de Vigo y tener conocidos en Jaén, Baleares, Madrid o el País Vasco con los que hablas a menudo o sales de fiesta. Quizás, precisamente, el éxito está robando un poco esa esencia, y es, para mí, lo menos bonito del panorama actual.
Me hace especial ilusión que menciones todos esos puntos que recorremos y donde tenemos a conocidos los que nos relacionamos, porque era un poco justo a donde vamos con la siguiente pregunta. ¿Qué particularidades crees que tiene debatir con un club como puede ser el de Vigo?
Vigo es un club muy especial. En Galicia no existe una gran escuela de debate o con una trayectoria académica consolidada como ocurre en Andalucía o Madrid. Esto tiene un lado bonito y otro peligroso: no hay un historial ni un libro de estilo que determine qué funciona y qué no. Como debatiente, esto te otorga muchísima libertad para desarrollar un estilo propio, descubrir y aportar sin la presión de tener que demostrar nada. En clubes históricos como Comillas o la Carlos III, los participantes cargan con la exigencia de obtener resultados. En Retórica, en cambio, tienes la suerte de ir a aprender, a pasártelo bien y a mejorar. Si logras un gran éxito, genial; pero si no, estaremos ahí para aplaudir el intento. Al principio nosotros tampoco sabíamos muy bien cómo hacerlo.
Lo más interesante de Retórica es que está todo por construir. Para quien tiene hambre de aprender, este lienzo en blanco permite que el proyecto sea verdaderamente suyo. No eres simplemente un eslabón más en una cadena de herederos, lo que evita ciertas presiones. Aunque las escuelas históricas tienen sus ventajas, esta libertad es algo muy particular de nuestro club.
También te hemos visto a lo largo de los años tanto como debatiente como juez y quería ir por ahí también un poco. ¿Qué prefieres si tuvieras que elegir entre debatir y juzgar?
Juzgar aporta mucho a los debatientes y a las personas en general. A la hora de volver a debatir, te da una perspectiva que cambia completamente tu forma de plantear los argumentos. A nivel personal, te permite aprender de forma más objetiva sobre un tema, ya que no estás sesgado por tu propia opinión o por la necesidad de ganar. Además, es mucho más cómodo al no tener que estudiar para el torneo; algo que se valora especialmente cuando te tocan tres torneos al mes.
Sin embargo, si solo pudiera hacer una cosa, probablemente me quedaría con debatir. Aunque ayudar a los demás es divertido y juzgar enriquece mucho, nada supera ese hormigueo en el estómago antes de levantarte. Ese momento de ordenar tus evidencias, salir al atril y mirar a tus compañeros y al cronometrista es único. Soltar el primer exordio es algo que solo el debate te puede dar. Sinceramente, si tuviera que escoger una sola cosa, elegiría esa todas y cada una de las veces.
Siguiendo entonces un poco con tu trayectoria como debatiente, ¿qué es lo que más orgulloso te hace sentir cuando piensas un poco en todo tu recorrido por el debate?
Volviendo a lo que es Retórica, lo que más orgullo me produce es haber ayudado a construir y consolidar un proyecto prácticamente desde cero. Aunque la Asociación ya existía, su actividad en el mundo académico comenzó apenas una generación antes que la mía. Cuando Tomás, Inés y yo entramos, nos solapamos con esos fundadores y heredamos el proyecto.
Nuestra ambición era transformar Retórica. No queríamos que fuese solo un club de amigos que se reúne a hablar miércoles y viernes. El objetivo era convertirlo en una asociación que compitiera al más alto nivel nacional, con presencia en los circuitos y un torneo propio de máxima calidad.
Más allá de los premios individuales o las victorias en equipo, me siento orgulloso del legado. Aunque ya no tengo un cargo oficial y solo actúo como asesor, me emociona coincidir en torneos con equipos nuevos. Es gratificante que personas con las que no he convivido reconozcan el trabajo realizado por quienes impulsamos el proyecto. Saber que hay un poquito de mí en cada presentación, en cada diapositiva o en los chistes internos es la verdadera huella. Ese impacto vale mucho más que cualquier trofeo de cartón.
No sé si te lo has planteado alguna vez. ¿Qué habrá cuando ya no haya debate?
Yo me gradué el año pasado, por lo que ya estoy viviendo esa etapa y enfrentándome a lo que sucede después del debate. En mi opinión, una vez que entras en este mundo, nunca lo dejas del todo. Una persona que ha pasado por aquí siempre se preguntará cómo plantear una postura a favor o en contra ante cualquier tema. Siempre buscará qué exordio encaja mejor para explicar una idea; eso es algo que siempre formará parte de uno. Aunque siempre queda la opción de participar como juez en algún torneo, yo he elegido otra forma de mantener mi presencia. Junto con Inés y Tomás, estamos lanzando Dialektia, una plataforma para profesionalizar la formación en debate académico.
Notamos que a los clubes pequeños les cuesta encontrar la forma de hacer bien las cosas si no cuentan con grandes formadores. Creemos que hay mucho talento en el circuito que, por edad, ya se dedica a otras cosas pero sigue teniendo mucho que aportar. Por eso, intentaremos seguir promocionando el debate en Galicia y en España a través de formaciones en institutos y empresas. Al final, creemos que el debate no es solo algo que te acompaña de por vida, sino que te permite seguir ayudando y potenciando a la gente de tu alrededor durante el resto de tu recorrido. Por suerte o por desgracia, el debate nunca se deja.
Suena a proyectazo y ElDebatiente estará siempre a vuestra disposición para lo que necesitéis. Llegando al final de la entrevista, has nombrado ya a varios pero siempre nos gusta acabar haciendo un guiño a esas personas que nos han inspirado durante años. ¿Quiénes dirías que han sido tus referentes durante este camino?
Pues al ser una asociación que venía un tanto desde la ignorancia, mis referentes son la mayoría internos. Tendría que nombrar primero a Guillermo Fernández, a Santiago Janeiro y a Lucía Bacariza. Ellos fueron los que me introdujeron al debate y me enseñaron, quizás más allá de la técnica, la pasión que puede despertar este mundillo. También Inés Túñez, que a mí me ha enseñado a cómo verdaderamente estructurar una línea argumental. Tomás Aparicio me demostró que si quieres verdaderamente ser bueno en algo, tienes que obsesionarte con ello y trabajar hasta la extenuación, porque es la única forma de ser el mejor.
Y quizás, por citar a alguien de fuera de nuestra asociación, mencionaría a Lucía Troyano, de la Universidad de Jaén, que fue la primera persona que me cogió y, a pesar de que yo empecé hablando relativamente bien en debate, me dijo que no tenía ni idea de cómo hacer las cosas, y que la única forma de mejorar era dejar de hacer lo que se me daba bien para centrarme en hacer lo que hacía falta. Todas esas personas que han puesto piedritas en el camino que me ha llevado hasta donde estoy para mí son referentes y los guardo en el corazón con muchísimo cariño.
Buenos referentes, desde luego, y grandes consejos. Pues muy bien, esto ha sido todo, muchísimas gracias por tu tiempo y por atendernos.
Pues muchísimas gracias a vosotros.