
Durante cuatro añitos formé parte de un grupo muy especial. No eran hombres ni mujeres excepcionales por nada en particular. Pero sí eran buenas personas. Personas con las que daba gusto trabajar y con las que me recorrí muchas universidades de este país con un traje, una carpeta de evidencias y dos líneas argumentales, una a favor y otra en contra. Durante cuatro años estuve en un club de debate. Durante cuatro años estuve en CDU.
La culpable de todo esto fue una amiga a la que no se lo agradezco lo suficiente. Una tarde de domingo, me entretenía viendo los vencejos hacer sus piruetas desde mi ventana cuando sonó el teléfono. La voz de MJ me vino a decir, de forma un tanto apresurada, que me bajara corriendo, que en El Bar Playa hay unos chavales de un club de debate que te invitan a una cerveza. Cinco minutos después me encontraba con las alpargatas puestas y una cerveza en la mano, escuchando hablar a una tal Marta Barrón.
Desde ese momento, ya me importaba bien poco lo que me pudieran estar contando. Tenía una cerveza, estaba con algunos amigos y aquello empezaba a llenarse de niñas mayores y guapas. No costó mucho convencerme.
Y así fue como me apunté. Y esas niñas mayores y guapas se convirtieron en mis amigas. Y esos chavales mayores, que se reían con grandes carcajadas, fueron mis compañeros. Y todos los niñatos que fuimos allí sin saber muy bien por dónde soplaba el viento fuimos sus novatos.
Por sí solo, todo lo que estoy contando debería ser motivo de sobra para justificar la felicidad de aquellos años. Pero hay más.
Tengo que decir que tuve suerte. Aunque los motivos por los que me apunté están claros, me entró el gusanillo y empecé a implicarme, a colaborar, a escuchar. En aquella época el mundillo todavía era un lugar agradable. Pasaron los años y trabajé con esos amigos durante mucho tiempo, preparando debates — algunos de ellos esperpénticos o frustrantes — y, años más tarde, en la junta directiva. Aprendí a reconocer líderes y llegué a la conclusión de que, si algún día Marta, Mariam, Antonio, Javi, Mora, Paula o Juan María me llamasen para cualquier cosa, dejaría lo que estaba haciendo y los seguiría hasta el infierno si hiciera falta. Nunca en la vida he vuelto a encontrar a alguien como ellos, y tengo miedo de no hacerlo.
Juntos la mayor parte del tiempo, capitaneábamos ese club y lo hacíamos bastante bien, aunque no sin nuestras neuras. Con los años, comprendimos que estábamos siendo testigos del final de una época. Pudimos experimentar de primera mano cómo el mundillo que ellos habían conocido se iba a pique poco a poco. Al final, todo Titanic tiene un iceberg esperándolo. Pero al menos, fuimos conscientes de ese cambio gracias a una lucidez extraña. Una nostalgia amarga de algo que no había desaparecido todavía.
Con los años, el circuito de debates empezó a institucionalizarse y la gente empezó a meterle pasta por todos lados. Por eso, lo que empezó como un inocente juego de universitarios se convirtió en una jungla donde veías — a día de hoy las sigues viendo — a personas de treinta años destrozar en un debate universitario a chavales de primero de carrera. Surgieron nuevas ligas y se levantaron gigantes que arrasaron todo. Como había algo de dinero, se sumó todo el mundo. La gente comenzaba a cobrar por enseñar debate, porque a las universidades les flipa y porque las mamis de los coles pijos necesitan presumir de sus polluelos. Y ya no se debatió por diversión, sino por dinero. O simplemente por puro ego.
Ahora este mundillo está lleno de tiburones con pocos escrúpulos y menos vergüenza. En otros muchos aspectos mediocres, ahora escriben libros, dan charlas, crean canales de YouTube analizando sus intervenciones en videos de cuatro horas, se marchan de sus instituciones por rencillas estúpidas y lanzan por la borda pactos de hermandad entre clubes que generaciones anteriores firmaron antes de que ellos llegaran.
Por lo que sí. Tuve suerte, muchísima suerte. Pude ver el final de aquella época feliz, compartiéndola con gente fantástica a la que admiro y respeto. Pero también tuve suerte porque luego pude ver en qué se convirtió y entendí que ese no era mi sitio.
Nunca fui especialmente bueno debatiendo, puede que lo contrario. Pero siempre disfruté más de los pasillos y los viajes que de los propios debates. Mis últimos coletazos fueron como juez y lo hacía porque todavía me divertía. Siempre te encontrabas a un viejo amigo de Sevilla, Málaga, Madrid o Jaén. Los debates escolares me seguían gustando. Aún se veía a algún chaval que debatía para pasarlo bien. Que no estaba ahí encañonado por un formador. Pero luego, juzgando en universitarios, vi que ya no cuadraba. No podía hacerlo.
Por todo esto, me despedí. Primero de forma oficial, en la SIPA, como habían hecho todos mis maestros y amigos, con un discurso que nunca terminé porque las lágrimas borraron muchas palabras. Y luego, hace unos meses, me salí del grupo. En silencio, sin ningún tipo de teatro, sin escribir mensaje.
De vez en cuando, me escriben para volver a juzgar algún debate. Yo ya no sé qué excusa ponerles. Por eso siempre me acabo inventando alguna historia rocambolesca para escaparme. Porque hay que poner el freno en algún momento y saber decir adiós. Hay que saber cuándo entregar la cartera y dejar espacio a los nuevos. Hay que saber cuál es nuestro sitio.
Afortunadamente, ahora solo conservo lo bueno que me dejaron aquellos años felices. Los amigos repartidos por toda España, los planes, los viajes, las conversaciones, las risas, los recuerdos y la dulce nostalgia.
Ahora la mayoría de esa vieja guardia vivimos en Madrid, a veinte minutos los unos de los otros, y estos años siguen siendo felices. Ahora, todo lo malo y venenoso del mundo del debate se lo comen las nuevas generaciones. Nunca tendrán la suerte de conocer cómo era antes. Se verán nerviosos e ilusionados en su primer debate y, cuando vean a un vejestorio levantarse a hacer la introducción, se les apagará el brillo de los ojos.
| Artículo publicado en el digital Medium, columna «En Casilla», y cedido por Eugenio Arévalo de Hoces para este número |